Iniciación Humana y solar

 

Por el Maestro Tibetano Djwhal Khul

 

(Alice A. Bailey)

 

 

 


El Señor Buda ha expresado que:

 

No hemos de creer en lo dicho, simplemente porque fue di­cho; ni en las tradiciones, porque han sido trasmitidas desde la antigüedad; ni en los rumores; ni en los escritos de los sabios, porque han venido de ellos; ni en las fantasías, que se suponen haber sido inspiradas por un deva (es decir, una supuesta ins­piración espiritual); ni en las deducciones basadas en alguna su­posición casual; ni por lo que parece ser una necesidad analógica; ni por la mera autoridad de nuestros instructores o maestros, si­no que hemos de creer cuando lo escrito, la doctrina o lo dicho, está corroborado por nuestra propia razón y conciencia. Por eso, enseñé a no creer lo que oyen decir, sino que, cuando lo crean conscientemente, actúen de acuerdo y plenamente.

 

                                        La Doctrina Secreta, T. VI. p. 49

 

PRÓLOGO

 

  El tema que se refiere a la Iniciación ejerce una gran fas­cinación sobre los pensadores de todas las escuelas de pensa­miento, y hasta los escépticos y los dispuestos a la crítica, quisieran creer en la posibilidad de esta realización final. A quienes no creen que tal meta es posible, se les ofrece este libro por su valor y por la formulación de una interesante hipótesis. A aquellos que esperan tal consumación de todos sus esfuerzos se les ofrece este libro con la esperanza de que les sirva de inspi­ración y ayuda.

 

Los pensadores occidentales de la actualidad, sostienen una gran diversidad de puntos de vista sobre este trascendental tema. Algunos creen que no es de suficiente importancia inmediata como para merecer su debida atención, y que si el hombre común sigue el sendero del deber y le presta atención a todos sus pro­blemas, con mente elevada, llegará a destino. Sin duda alguna esto es verdad; no obstante, a medida que la capacidad de servir acrecentadamente y el desarrollo de los poderes que deben em­plearse para ayudar a la raza, constituyan la recompensa del hombre dispuesto a realizar el mayor esfuerzo y a pagar el precio que demanda la iniciación, quizás este libro sirva a alguien de acicate para la realización, que de otro modo hubiera ido hacia su meta lentamente y a la deriva. Así llega a ser dador y no el que recibe ayuda.

 

Otros consideran errónea la enseñanza expuesta en los dis­tintos libros que tratan el tema de la iniciación. La iniciación ha sido presentada como algo fácil de lograr y que no exige tal rectitud de carácter como se ha creído. Los siguientes capítulos demostrarán que la crítica no es inmerecida. La iniciación es muy difícil de lograr; exige la estricta disciplina de la entera na­turaleza inferior y una vida de renunciamiento y de abnegada devoción. También debe tenerse presente que la enseñanza pri­mitiva es correcta en su esencia,. aunque empequeñecida en su interpretación.

 

Aún hay quienes se interesan en ello, pero consideran que las posibilidades implicadas son demasiado avanzadas para ellos y que no deben tratarlas en esta etapa de su evolución. Este li­bro intenta poner de manifiesto que aquí y ahora, el hombre co­mún puede comenzar a desarrollar el carácter y sentar las bases del conocimiento necesario para obtener la debida preparación, antes de poder hollar el sendero del discipulado. En esta forma todos los hombres y mujeres, si lo desean, pueden recorrer el sendero de probación a fin de prepararse para el discipulado.

 

Centenares de personas, en Oriente y Occidente, avanzan ha­cia esta meta y en la unidad del único ideal, en común esfuerzo y aspiración, se reunirán ante el único portal. Entonces se reco­nocerán como hermanos, separados sólo por el idioma y la apa­rente diversidad de creencias, pero teniendo fundamentalmente la misma y única verdad y sirviendo al mismo Dios.

 

 

ALICE  A. BAILEY

New York, 1922.

 


 

 


RESUMEN DE UNA DECLARACIÓN HECHA POR EL TIBETANO

 PUBLICADA EN AGOSTO DE 1934

 

Solamente diré que soy un discípulo tibetano de cierto gra­do; esto puede significar muy poco para ustedes, porque todos son discípulos, desde el aspirante más humilde hasta más allá del Cristo Mismo. Tengo cuerpo físico lo mismo que todos los hom­bres; resido en los confines del Tíbet y, a veces (desde el punto de vista exotérico), cuando me lo permiten mis obligaciones, pre­sido un grupo numeroso de lamas tibetanos. A esto se debe la di­fusión de que soy un abad de ese monasterio lamásico. Aquellos que están asociados conmigo en el trabajo de la Jerarquía (todos los verdaderos discípulos están unidos en este trabajo) me co­nocen también con otro nombre y cargo. A, A. B. conoce dos de mis nombres.

 

Soy un hermano que ha andado un poco más por el sendero y, por consiguiente, tengo más responsabilidades que el estudian­te común. He luchado y me he abierto camino hacia la luz y lo­grado mayor cantidad de luz que el aspirante que leerá este ar­tículo, por lo tanto, tengo que actuar como transmisor de luz, cueste lo que cueste. No soy un hombre viejo, con respecto a lo que la edad puede significar en un instructor, ni tampoco soy joven e inexperto. Mi trabajo consiste en enseñar y difundir el conoci­miento de la Sabiduría Eterna donde quiera que encuentre res­puesta, y esto lo he estado haciendo durante muchos años. Trato también de ayudar a los Maestros M. y K. H. en todo momento, porque estoy relacionado con Ellos y Su trabajo. Lo expuesto hasta aquí encierra mucho, pero no les digo nada que pueda inducirles a ofrecerme esa ciega obediencia y tonta devoción que el aspirante emocional brinda al Gurú y Maestro con el que aún no está en condiciones de tomar contacto, ni puede lograrlo hasta tanto no haya trasmutado la devoción emocional en desinteresado servicio a: la humanidad, no al Maestro.

 

No espero que sean aceptados los libros que he escrito. Pue­den o no ser exactos, correctos y útiles. El lector puede compro­bar su verdad mediante la práctica y el ejercicio de la intuición. Ni A. A. B. ni yo, tenemos interés en que se los considere como que han sido inspirados, ni tampoco que se diga misteriosamente que son el trabajo de uno de los Maestros.

      

       Si estos libros presentan la verdad de tal manera que pue­da considerarse como la continuación de las enseñanzas impar­tidas en el mundo, y si la instrucción suministrada eleva la aspi­ración y la voluntad de servir desde el plano de las emociones al plano mental (el plano donde pueden hallarse los Maestros), entonces estos libros habrán cumplido su propósito. Si la en­señanza impartida encuentra eco en la mente iluminada del tra­bajador mundial y si despierta su intuición, entonces acéptense tales enseñanzas.

 

Si estas afirmaciones son comprobadas oportunamente y con­sideradas como verdaderas bajo la prueba de la Ley de Corres­pondencias, muy bien, pero si esto no es así, no se acepte lo ex­puesto.

 





 

CAPÍTULO I

 OBSERVACIONES PRELIMINARES

 

Antes de entrar a tratar el tema referente a la Iniciación, a los Senderos que se abren ante el hombre perfecto y a la Jerarquía oculta, deben hacerse algunas observaciones esenciales para un concienzudo estudio y comprensión de las ideas pre­sentadas.

 

Debemos reconocer que en este libro se afirman hechos y se hacen declaraciones definidas, que no son susceptibles de com­probación inmediata por parte del lector. Para evitar la creen­cia de que la autora se adjudica autoridad y prestigio por el conocimiento expresado, ella rechaza rotundamente tales preten­siones y no puede hacer otra cosa que presentar estas afirmacio­nes como temas de facto. Sin embargo, pide encarecidamente a quienes encuentren algún mérito en estas páginas, no los sorpren­da si existe un cierto aparente dogmatismo en la presentación. La imperfecta personalidad de la autora no debe ser un impedimen­to para considerar con mente abierta el mensaje en que aparece su nombre. En las, cuestiones espirituales, nombres, personalida­des y la opinión externa autorizada, son de poca importancia. Constituyen de por sí, sólo una guía segura que garantiza el re­conocimiento y la orientación internos. Por lo tanto, no tiene mayor importancia si el lector recibe el mensaje de estas pági­nas como un llamado espiritual en un escenario idealista, como una afirmación de hechos supuestos o una teoría desarrollada por un estudiante y presentada a la consideración de sus condis­cípulos. Se brinda a todos por la respuesta interna que pueda evocar y la luz o inspiración que pueda traer.

 

En estos días de desintegración de viejas formas y construc­ción de nuevas, es muy necesaria la adaptabilidad. Debemos evi­tar el peligro de la cristalización, por medio de la flexibilidad y la expansión. El "viejo orden de cosas, cambia", pero primordial­mente es un cambio de dimensiones y de aspecto y no básico o material. Los fundamentos han sido' siempre verdaderos. A cada generación le corresponde conservar los rasgos esenciales de la vieja y querida forma, a la vez que ampliarla y enriquecerla in­teligentemente. Cada ciclo debe aportar lo adquirido mediante las investigaciones y los esfuerzos científicos, y sustraer lo inútil y decadente. Cada era debe construir con el producto y los triun­fos de ese período y desechar las acumulaciones del pasado que tienden a hacer borrosos e indefinibles los contornos. A cada ge­neración se le proporciona el gozo de demostrar, sobre todo, la fuerza de las antiguas bases y la oportunidad de construir sobre ellas una estructura que satisfará las necesidades de la vida in­terna en evolución.

 

Las ideas aquí desarrolladas están corroboradas por ciertos hechos, expuestos en la actual literatura esotérica, y son tres:

 

  1. En la creación del sol y de los siete planetas sagrados que componen nuestro sistema solar, nuestro Logos em­pleó materia impregnada de cualidades determinadas. Annie Besant, en su libro "Avatares" (que algunos de nosotros consideramos el más valioso de todos los que ha escrito por ser uno de los más sugestivos), afirma que “nuestro sistema solar está construido con materia ya existente, dotada de ciertas propiedades....". Por lo tan­to, se deduce que dicha materia contenía latente deter­minadas propiedades que fueron obligadas a manifestar­se de un modo peculiar, de acuerdo a la ley de Causa y Efecto, como sucede con todo en el universo.

 

  1. Toda manifestación es de naturaleza septenaria y la luz central denominada Deidad, el Rayo Uno de la divini­dad, se manifiesta primero como triplicidad y después como septenario. El Dios Uno brilla como Dios Padre, Dios Hijo y Dios Espíritu Santo, reflejados a su vez en los Siete Espíritus ante el Trono, los siete Logos planeta­rios. Los estudiantes esoteristas de origen no cristiano quizás denominen a estos Seres el Rayo Uno, que se manifiesta a través de los tres rayos mayores y los cuatro menores, formando un septenario divino. El Rayo Sintético que fusiona a todos es el gran Rayo de Amor. Sabiduría, pues en verdad "Dios es Amor". Éste es el rayo índigo, el rayo fusionador, que al final del gran ciclo absorberá a todos los demás, cuando se obtenga la perfección sintética. También es la manifestación del se­gundo aspecto de la vida logoica. Este aspecto, el de cons­tructor de la forma, hace de nuestro sistema solar el más concreto de los tres sistemas mayores. El aspecto Amor-­Sabiduría se manifiesta mediante la construcción de la forma, y como "Dios es Amor", en el Dios de Amor "vi­vimos, nos movemos y tenemos nuestro ser" y así será hasta el fin de la manifestación de los eones.

 

  1. Los siete planos de Manifestación Divina, o siete pla­nos mayores de nuestro sistema, constituyen los siete subplanos del plano cósmico inferior. Los siete rayos de que tanto se habla y que encierran tanto interés y mis­terio, son análogamente los siete subrayos de un rayo cósmico. Las doce Jerarquías creadoras son ramas subsidiarias de una Jerarquía cósmica. Forman sólo un acor­de de la sinfonía cósmica. Cuando el séptuple acorde cósmico, del que somos humilde parte, resuene en sinté­tica perfección, sólo entonces se comprenderán las pala­bras del libro de Job: "Las estrellas matutinas cantaban al unísono". La disonancia aún resuena y la discordia surge de muchos sistemas; pero con la sucesión de los eones surgirá una armonía ordenada y alboreará el día en que (si nos atrevemos a hablar de las eternidades en términos de tiempo) el sonido del universo perfecto resonará hasta los lejanos confines de la más remota constelación. Entonces se conocerá el misterio del "canto nupcial de los cielos".

 

Se sugiere al lector que recuerde y valore ciertas ideas, an­tes de emprender el estudio de la Iniciación. Debido a la extre­ma complejidad del tema sólo es factible obtener una idea del esquema general, de ahí la inutilidad del dogmatismo. Lo único que podemos hacer es sentir una fracción de algún todo mara­villoso, más allá del alcance de nuestra conciencia, un todo que sólo el Ángel más excelso o Ser más perfecto, recién comienza a comprender. Cuando se reconozca que el hombre común sólo ha sido hasta ahora plenamente consciente en el plano físico, se­miconsciente en el emocional y comienza a desarrollar la con­ciencia en el plano mental, se evidenciará que su comprensión de las informaciones cósmicas sólo puede ser rudimentaria. Cuan­do se conozca también que ser consciente en un plano y ejercer control en él, son dos cosas completamente distintas, será evi­dente que es remota la posibilidad de conocer algo más de la tendencia general del esquema cósmico.

 

Además, se deberá reconocer que el peligro reside en el dog­ma y en el hermetismo de los libros de texto y que la seguridad otorga flexibilidad al cambiante punto de vista. Por ejemplo, un hecho, desde el punto de vista de la humanidad (empleando la palabra hecho en, sentido científico, como algo demostrado y comprobado más allá de toda duda y controversia), puede no ser un hecho desde el punto de vista de un Maestro. Para Él, puede ser tan sólo parte de un hecho mayor, la fracción de un todo. Puesto que su visión abarca la cuarta y la quinta dimensión, el conocimiento sobre el lugar que ocupa el tiempo en la eternidad debe ser más exacto que el nuestro. Vé las cosas desde arriba, co­mo si el tiempo no existiera para Él.

 

En la mente del Logos o Deidad de nuestro sistema solar, existe un inexplicable principio de mutación, que rige todas Sus acciones. No vemos nada más que las formas siempre mutables, y captamos en ellas vislumbres de la vida en constante evolu­ción,  pero no conocemos aún el principio que actúa a través del variante caleidoscopio de los sistemas solares, rayos, jerar­quías, planetas, planos, esquemas, rondas, razas y subrazas. Todos se entretejen, entrelazan e interpenetran, asombrándonos el maravilloso diseño que se despliega ante nosotros. Sabemos que en alguna parte de ese esquema, nosotros, la jerarquía humana, tenemos nuestro lugar. En consecuencia, todo lo que podemos hacer es aprovechar la oportunidad que nos presenta nuestro bienestar y nuestra propia evolución, además de lo que proviene del estudio del ser humano en los tres mundos, tratando de esa manera de comprender parcialmente el macrocosmos. No sabemos cómo el Uno puede convertirse en los tres, los tres en los siete y así sucesivamente, hasta inconcebibles diferenciaciones. Para la visión humana, este entrelazamiento del sistema encie­rra una complejidad inimaginable, cuya clave ni siquiera se vis­lumbra. Desde el punto de vista de un Maestro, todo prosigue en ordenada secuencia. Desde el punto de vista de la visión di­vina, el todo se mueve armónicamente al unísono, produciendo una forma geométricamente exacta. Browing había logrado par­te de la verdad cuando escribió:

 

"Todo es cambio, pero también permanencia..." y continuó:

           

            "La verdad interna y la verdad externa, verdad también, y, entre ambas, la falsedad que es cambio, así como la ver­dad es permanencia".

      

       "La verdad toma sucesivas formas en un grado mayor a su última presentación...".

 

       Debe recordarse también que más allá de cierto punto no es conveniente ni prudente dar información sobre los hechos del sistema solar. Mucho debe permanecer esotérico y velado. Los riesgos que trae el conocimiento excesivo son mucho más grandes que la amenaza del poco conocimiento. Con el conocimiento viene la responsabilidad y el poder ‑dos cosas para las cuales la raza no está aún preparada. Por lo tanto, todo lo que pode­mos hacer es estudiar y correlacionar, aplicando la sabiduría y la discreción que poseamos, utilizando el conocimiento adquirido en bien de quienes tratamos de ayudar y reconociendo que el em­pleo inteligente del conocimiento acrecienta la capacidad para recibir la sabiduría oculta. Paralelamente y de acuerdo a la in­teligente adaptación del conocimiento a las necesidades ambien­tales, debemos aumentar la capacidad de mantener una discreta reserva y de emplear la facultad discriminadora. Cuando poda­mos utilizar inteligentemente el conocimiento, retenerlo discre­tamente y discriminar con sensatez, ofreceremos a los observa­dores instructores de la raza, la mejor garantía de que estamos preparados para una nueva revelación.

 

Debemos resignarnos ante el hecho de que el único modo para encontrar la clave del misterio de los rayos, sistemas y jerarquías, reside en el estudio de la Ley de Correspondencias o Analogías. Es el único hilo capaz de guiarnos a través del laberinto y el único rayo de luz que brilla en la oscuridad de la ignorancia circundante. H. P. Blavatsky lo ha expresado en La Doctrina Secreta, pero hasta ahora los estudiantes no han aprovechado esa clave. Al estudiar esta Ley debemos recordar que la analogía reside en su esencia y no en los detalles exotéri­cos, según creemos desde nuestro actual punto de vista. Por un lado nos desvía el factor tiempo y erramos cuando tratamos de establecer tiempo y límites fijos; todo en la evolución progresa por la unión y por un constante proceso de fusión, superposición y mezcla. Para el estudiante común, sólo pueden darse amplias generalidades y el reconocimiento de los puntos fundamentales de la analogía. En cuanto intenta reducir a diagramas y clasi­ficaciones detallados, entra en reinos donde está sujeto al error y entonces tambalea a través de la niebla que, finalmente, lo abruma.

 

No obstante, mediante el estudio científico de la Ley de Ana­logía se obtendrá un acrecentamiento gradual del conocimiento y en la lenta acumulación de los hechos se construirá una forma que, en continua expansión, encerrará gran parte de la verdad. El estudiante comprenderá entonces que, después de todo, debido a su estudio y esfuerzo, tiene por lo menos un concepto amplio y general de la forma mental logoica, a la cual podrá adaptar los detalles, a medida que los adquiera en el curso de muchas en­carnaciones. Esto nos lleva al último punto que debe ser con­siderado antes de entrar en el tema propiamente dicho y es que:

 

   El desarrollo del ser humano consiste en el paso de un estado de conciencia a otro. Es una sucesión de expansiones, un desarrollo de la facultad perceptiva que constituye la característica pre­dominante del inmanente Pensador. Es el progreso de la concien­cia centralizada en la personalidad, yo inferior o cuerpo, hacia la conciencia centralizada en el yo superior, ego o alma y, de allí, pasa a centralizarse en la mónada o espíritu, hasta que oportunamente la conciencia llega a ser divina. A medida que el ser humano se desarrolla, la facultad de percepción se amplía más allá de los límites que lo confinan en los reinos inferiores de la natura­leza ‑mineral, vegetal y animal‑, en los tres mundos de la evo­lucionante personalidad, en el planeta donde desempeña su parte y en el sistema donde ese planeta gira, hasta que, finalmente, se evade del sistema solar mismo y llega a ser universal.

 

 


CAPITULO II

 DEFINICIÓN DE LA INICIACIÓN

 

El tema de la iniciación se está generalizando cada vez más entre el público. No pasarán muchos siglos sin que se restauren los antiguos misterios y la iglesia posea un grupo interno; en la iglesia del futuro, cuyo núcleo interno se está formando, la pri­mera iniciación será exotérica, vale decir, que la primera inicia­ción constituirá antes de mucho tiempo, la ceremonia más sagrada de la iglesia y será celebrada en forma exotérica, por ser uno de los misterios revelados en determinados períodos, y a ella asis­tirán quienes estén implicados. También ocupará un lugar similar en el ritual de los masones. En esta ceremonia, quienes estén preparados para la primera iniciación, serán admitidos pública­mente en la Logia por uno de sus miembros, autorizado para ello por el gran Hierofante Mismo.

 

Definición de cuatro palabras.

 

Al hablar de la iniciación, la sabiduría, el conocimiento o el sendero de probación, ¿qué queremos significar? Empleamos las palabras con mucha ligereza sin considerar el significado in­volucrado. Tomemos, por ejemplo, la primera de las palabras mencionadas. Muchas son las definiciones y explicaciones res­pecto a su alcance, a los pasos preliminares al trabajo que debe realizarse entre iniciaciones y a sus resultados y efectos. Una cosa es evidente para el estudiante más superficial, y es que la magnitud del tema es tal que, a fin de dilucidarlo adecuadamen­te, habría que escribir desde el punto de vista de un iniciado. En caso contrario, todo cuanto se diga podrá ser razonable, ló­gico, interesante, sugestivo, pero no concluyente.

      

       La palabra iniciación, deriva de dos palabras latinas: In en, Ire ir; por lo tanto, es la iniciación de un comienzo o la entrada en algo. En el caso que estamos estudiando significa, en su más amplio sentido, la entrada en la vida espiritual o en una nueva etapa de esa vida. Es el primer paso y los subsiguientes en el sendero de santidad. Por lo tanto, quien recibió la primera inicia­ción dio literalmente el primer paso en el reino espiritual, saliendo del reino puramente humano, para entrar en el superhumano. Así como salió del reino animal y entró en el humano, en la in­dividualización, así entra en la vida del espíritu y, por primera vez, tiene el derecho de llamarse "hombre espiritual", en el sig­nificado técnico de la palabra. Entra en la quinta etapa, la últi­ma, de nuestra actual quíntuple evolución. Después de haber palpado su camino a través del Aula de la Ignorancia, durante muchas épocas, e ingresado en la escuela en el Aula del Apren­dizaje, ingresa en la Universidad o Aula de la Sabiduría. Cuan­do egrese de ella se graduará con el grado de Maestro de Com­pasión.

 

Podría ser de beneficio estudiar primero la diferencia o co­nexión entre Conocimiento, Comprensión y Sabiduría. Aunque en el lenguaje común estos términos parecen sinónimos, son téc­nicamente diferentes.

 

Conocimiento es el resultado del Aula del Aprendizaje. Po­dría decirse que constituye la totalidad de los descubrimientos y experiencias humanos y lo que puede ser reconocido por los cinco sentidos y correlacionado, diagnosticado y definido por el intelecto humano. Es aquello de lo que estamos mentalmente seguros o podemos corroborar por el experimento. Es un compendio de las artes y las ciencias. Concierne a todo lo que trata de la construcción y el desarrollo del aspecto forma de las cosas y, por lo tanto, del aspecto material de la evolución, la ma­teria de los sistemas solares en el planeta, en los tres mundos de la evolución humana y en los cuerpos humanos.

 

Sabiduría es el resultado del Aula de la Sabiduría. Concier­ne al desarrollo de la vida dentro de la forma, al progreso del espíritu a través de los vehículos, siempre mutables, y a las ex­pansiones de conciencia que se suceden una vida tras otra. Tra­ta del aspecto vida de la evolución. Debido a que se refiere a la esencia de las cosas y no a las cosas mismas, es la captación intuitiva de la verdad, independiente de la facultad razonadora; la innata percepción, capaz de diferenciar lo falso de lo ver­dadero, lo real de lo irreal. Es algo más que eso, constituye la creciente capacidad del Pensador para penetrar cada vez más den­tro de la mente del Logos, comprender la verdadera interioriza­ción del gran espectáculo del universo, ver el objetivo y armo­nizarse progresivamente con la medida superior. Puede ser des­crito para nuestro propósito (que consiste en estudiar el Sende­ro de Santidad y sus diversas etapas), como el conocimiento del "Reino del Dios interno" y la captación del "Reino del Dios ex­terno" en el sistema solar. Quizás podría decirse que es la gra­dual fusión de los senderos del místico y del ocultista ‑la construcción del templo de la sabiduría sobre los cimientos del co­nocimiento.

 

La sabiduría es la ciencia del espíritu, así como el conoci­miento es la ciencia de la materia. El conocimiento es separa­tista y objetivo, mientras que la sabiduría es sintética y subje­tiva. El conocimiento separa, la sabiduría une. El conocimiento hace diferencias, mientras que la sabiduría fusiona. Entonces, ¿qué significa comprensión?

 

Comprensión puede definirse como la facultad del Pensador, en el tiempo, para apropiarse del conocimiento como base de la sabiduría, aquello que permite adaptar las cosas de la forma a la vida del espíritu, recibir destellos de inspiración, provenientes del Aula de la Sabiduría, y vincularlos a los hechos del Aula del Aprendizaje. Quizás la idea podría ser mejor expresada si se dijera que:

 

La sabiduría concierne al yo y el conocimiento al no‑yo, mien­tras que la comprensión es el punto de vista del ego o pensador, o la relación entre el yo y el no‑yo.

 

En el Aula de la Ignorancia controla la forma y predomina el aspecto material de las cosas. El hombre se centraliza así en la personalidad o yo inferior. En el Aula del Aprendizaje el yo superior o ego lucha por dominar esa forma, hasta que gradual­mente alcanza un punto de equilibrio, donde ninguno de los dos controlan totalmente al hombre. Luego, el ego controla cada vez más, hasta que en el Aula de la Sabiduría domina en los tres mundos inferiores y, acrecentadamente, la divinidad inherente asume el control.

 



Aspectos de la Iniciación

 

La iniciación o el proceso de experimentar la expansión de con­ciencia es parte del proceso normal del desarrollo evolutivo, con­siderado en amplia escala y no desde el punto de vista del indi­viduo. Observado desde el ángulo individual, llega a reducirse hasta el instante en que el ente evolucionante comprende que (por su propio esfuerzo y ayudado por el consejo y sugerencia de los Instructores observadores de la raza) ha llegado a una eta­pa donde adquiere cierto grado de conocimiento subjetivo, desde el punto de vista del plano físico. La experiencia es similar a la del alumno en la escuela, cuando se da cuenta repentinamente que domina la lección y que el tema y el método del proceso le pertenecen a fin de aplicarlos inteligentemente. Estos instantes de captación inteligente siguen a la mónada evolucionante en su largo peregrinaje. Lo que ha sido parcialmente mal interpretado en esta etapa de comprensión, es el hecho de que en los distintos períodos se acentúa la importancia de los variados grados de ex­pansión y la Jerarquía se esfuerza en llevar a la raza a la etapa en que sus entes tengan alguna idea del próximo paso a dar. Cada, iniciación indica el paso del estudiante por el Aula de la Sabiduría hacia un grado superior y además el claro resplandor del fuego interno y la transición de un punto de polarización a otro; implica la comprensión de la creciente unidad con todo lo que vive y la esencial unicidad del yo con todos los yoes; da por resultado un horizonte que se ensancha continuamente hasta incluir la esfera de la creación, o la creciente capacidad de ver y oír en todos los planos. Es poseer una acrecentada conciencia de los planes de Dios para el mundo y la capacidad de desarro­llar dichos planes. Es el esfuerzo de la mente abstracta para apro­bar un examen. Es figurar en el cuadro de honor de la escuela del Maestro, dentro de la realización de esas almas cuyo karma lo permite y su esfuerzo es suficiente para alcanzar la meta.

 

La iniciación conduce al monte en que se puede obtener la visión; la visión del Eterno Ahora, donde el pasado, el pre­sente y el futuro, existen como uno; la visión de la historia de las razas con el hilo de oro de su genealogía, seguida a través de numerosos tipos; la visión de la dorada esfera que man­tiene al unísono las múltiples evoluciones de nuestro sistema: dévica, humana, animal, vegetal, mineral y elemental, a través de las cuales puede verse claramente que la vida palpitante late con ritmo regular; la visión de la forma men­tal del Logos en el plano arquetípico, visión que se acrecienta de una iniciación a otra hasta abarcar todo el sistema solar.

 

La iniciación conduce a esa corriente que, cuando se ha pene­trado en ella, arrastra al hombre hasta llevarlo a los pies del Se­ñor del Mundo, a los pies de su Padre en los Cielos, a los pies del triple Logos. La iniciación conduce a la caverna en cuyos muros limitadores se conocen los pares de opuestos y se revela el secreto del bien y del mal. Conduce a la Cruz y al total sa­crificio que debe consumarse antes de lograr la perfecta libera­ción, donde el iniciado se libera de todas las cadenas terrenales y nada lo retiene en los tres mundos. Lleva a través del Aula de la Sabiduría y pone en las manos del hombre, en forma gra­dual, la clave de toda información cósmica y del sistema. Re­vela el misterio oculto subyacente en el corazón del sistema so­lar. Conduce de un estado de conciencia a otro. A medida que entra en cada estado, el horizonte se ensancha, la vista se ex­tiende y la comprensión es más incluyente, hasta que la expan­sión alcanza el punto en que el yo abarca todos los yoes, incluso todo lo móvil e inmóvil, según una antigua escritura.

 

La iniciación implica ceremonia. Este aspecto es el que más se ha hecho resaltar en la mente de los hombres, omitiendo algo de su verdadera significación. Primordialmente implica la capacidad de ver, oír y comprender, de sintetizar y correlacionar el conocimiento, aunque no necesariamente el desarrollo de las facultades síquicas, pero entraña la comprensión interna que ve el valor subyacente en la forma y reconoce el propósito de las circunstancias prevalecientes. Es la capacidad de presentir la lección que se ha de aprender en cualquier acontecimiento dado, y esta comprensión y reconocimiento da por resultado, cada hora, cada semana y cada año, un progreso y expansión. Este proceso de gradual expansión ‑resultado del esfuerzo defi­nido y de una ardua vida y correcto pensar del aspirante, y no de algún instructor esotérico que celebra un rito oculto‑ conduce a lo que podría llamarse una crisis.

 

En esta crisis, donde es necesaria la ayuda de un Maestro, se efectúa un definido acto de iniciación, que (actuando sobre un centro particular) produce resultados en alguno de los cuer­pos, e incita a los átomos a alcanzar cierta vibración y permite obtener un nuevo ritmo.

 

La ceremonia de la iniciación señala un punto de realización, pero no la realización que a menudo se cree sino simplemente la que los Instructores que vigilan a la raza, reconocen como una etapa definida en la evolución alcanzada por el discípulo, la cual proporciona dos cosas:

 

  1. Una expansión de conciencia, que permite a la perso­nalidad penetrar en la sabiduría lograda por el Ego, y en las iniciaciones superiores, en la conciencia de la Mónada.

 

  1. Un breve período de iluminación, donde el iniciado ve la parte del sendero que debe hollar y también participa conscientemente en el gran plan evolutivo.

 

Después de la iniciación, el trabajo que se debe realizar con­siste mayormente en convertir esa expansión de conciencia en parte del equipo de la personalidad para ser utilizado en forma práctica, y en dominar esa parte del sendero que aún debe re­correrse.

 

Lugar y efecto de la Iniciación.

 

La ceremonia de la iniciación tiene lugar en los tres subpla­nos superiores del plano mental y en los tres planos superiores, de acuerdo a la iniciación. Durante las iniciaciones en el plano mental brilla sobre la cabeza del iniciado la estrella de cinco puntas. Esto corresponde a las primeras iniciaciones que se reciben en el vehículo causal. Se ha dicho que las dos primeras iniciaciones se efectúan en el plano astral, pero esta afirmación es inexacta y ha dado origen a una mala interpretación. Ambas se hacen sentir profundamente en los cuerpos físico, astral y mental inferior, afectando su control. Debido a que el efecto principal se siente en estos cuerpos, el iniciado puede in­terpretar que han tenido lugar en los planos implicados, pues el vívido efecto y el estímulo de las dos primeras iniciaciones se producen principalmente en el cuerpo astral. Pero debe tenerse en cuenta que las iniciaciones mayores tienen lugar en el cuer­po causal o ‑fuera de éste‑ en el plano búdico o en el átmico. En las dos iniciaciones finales que liberan al hombre de los tres mundos, se le permite actuar en el cuerpo vital del Logos y ma­nejar esa fuerza, entonces el iniciado se trasforma en la estrella de cinco puntas, la cual desciende sobre él, se fusiona en él y a él se lo ve en el centro mismo de la estrella. El descenso se realiza por acción del Iniciador que empuña el Cetro de Poder y pone al hombre en contacto, en forma consciente, con el cen­tro en el cuerpo del Logos planetario, del cual es parte. Las dos iniciaciones llamadas sexta y séptima, tienen lugar en los planos búdico y átmico. La estrella de cinco puntas "fulgura desde aden­tro de sí misma", según dice una frase esotérica, y se trasforma en "la estrella de siete puntas", descendiendo sobre el hombre, y éste penetra en la llama.

 

Además, las cuatro iniciaciones anteriores a la de adepto, señalan, respectivamente, la adquisición de determinadas propor­ciones de materia atómica en los cuerpos , por ejemplo, en la primera iniciación, una cuarta parte de materia atómica; en la segunda, una mitad; en la tercera, tres cuartas partes, y así has­ta completar. Puesto que el principio búdico es el unificador (o el fusionador de todo), en la quinta iniciación el adepto se des­prende de los vehículos inferiores y se afirma en el búdico, desde donde crea su cuerpo de manifestación.

 

Cada iniciación otorga mayor control sobre los rayos, si esto puede expresarse así, aunque no da la idea exacta. Las pa­labras a menudo confunden. En la quinta iniciación, cuando el adepto es un Maestro en los tres mundos, controla más o menos (de acuerdo a su línea de desarrollo) los cinco rayos que se ma­nifiestan especialmente en el momento en que recibe la inicia­ción. En la sexta, si pasa al grado superior, adquiere poder en otro rayo y, en la séptima, ejerce poder en todos los rayos. La sexta iniciación señala el punto de realización del Cristo y pone al rayo sintético del sistema bajo Su control. Debemos tener pre­sente que la iniciación da al iniciado poder en los rayos y no po­der sobre los rayos, una diferencia bien marcada. Cada iniciado lógicamente posee uno de los tres rayos mayores como rayo primario o espiritual, y en el rayo de su mónada es donde final­mente adquiere poder. El rayo de amor o rayo sintético del sistema, es el último que se adquiere.

 

Quienes desencarnan después de la quinta iniciación, o quie­nes no llegan a ser Maestros en encarnación física, reciben sus siguientes iniciaciones en otra parte del sistema. Todos están, en la Conciencia del Logos. Se ha de tener en cuenta una gran reali­dad, que las iniciaciones del planeta o las del sistema solar, sólo son preparatorias para ser admitido en la Gran Logia de Sirio. Este simbolismo ha sido bien conservado en la masonería y com­binando el método masónico con lo dicho respecto a los pasos en el Sendero de Santidad, obtendremos un cuadro aproximado. Am­pliemos su significado:

 

Las primeras cuatro iniciaciones del sistema solar correspon­den a las cuatro "Iniciaciones en el Umbral", previamente a la primera iniciación cósmica. La quinta iniciación corresponde a la primera iniciación cósmica, la de "aprendiz aceptado" en la masonería, que hace de un Maestro, un "aprendiz aceptado" en la Logia de Sirio. La sexta iniciación es análoga al grado segun­do de la masonería, mientras que la séptima hace del adepto un Maestro Masón de la Hermandad de Sirio.

Maestro, por lo tanto, es quien ha recibido la séptima inicia­ción planetaria, la quinta iniciación solar y la primera iniciación cósmica o de Sirio.

 

La Unificación, resultado de la Iniciación.

 

Debe comprenderse que cada iniciación sucesiva produce la unificación más completa de la personalidad con el ego y, en ni­veles más elevados, con la mónada. La evolución del espíritu hu­mano es una unificación progresiva. En la unificación del alma con la personalidad yace oculto el misterio de la doctri­na cristiana de la Expiación, unificación que tiene lugar en el momento de la individualización, cuando el hombre se trasforma en una entidad consciente y racional, distinta de la de los ani­males. A medida que prosigue la evolución, ocurren sucesivas unificaciones.

 

La unificación en todos los niveles ‑ emocional, intuicional, es­piritual y divino ‑ consiste en un continuo y consciente funciona­miento. En todos los casos está precedida por la combustión a tra­vés del fuego‑interno y la destrucción, por medio del sacrificio, de todo aquello que separa. El acercamiento a la unidad se produce mediante la destrucción de lo inferior y de todo lo que obstaculiza. Tomemos, por ejemplo, la trama que separa los cuerpos etérico y emocional. Cuando el fuego interno quema esta trama, se pro­duce una continua comunicación entre los cuerpos de la perso­nalidad, y los tres vehículos actúan como uno. Algo semejante ocurre en los niveles superiores, aunque el paralelismo no puede ser detallado. La intuición corresponde a lo emocional y los cua­tro niveles superiores del plano mental a lo etérico. En la des­trucción del cuerpo causal, al recibir la cuarta iniciación (llama­da, simbólicamente, “la Crucifixión”), tenemos un proceso aná­logo al de la combustión de la trama, que conduce a la unifica­ción de los cuerpos de la personalidad. La desintegración, que es parte de la iniciación del arhat, conduce a la unidad entre el ego y la mónada, expresándose en la Tríada. Ésta es la perfecta unificación.

 

Por lo tanto, el propósito del proceso consiste en que el hom­bre sea conscientemente uno:

 

 Primero: Consigo mismo y con quienes han encarnado con él.
 Segundo: Con su Yo superior y con todos los yoes.
 Tercero: Con su Espíritu o "Padre en los Cielos", y así con todas las Mónadas.
  Cuarto: Con el Logos, los Tres en Uno y el Uno en Tres.

El hombre se convierte en un ser humano consciente por mediación del perpetuo sacrificio de los Señores de la Llama. El hombre llega a ser un ego consciente, poseyendo la con­ciencia del yo superior, en la tercera iniciación, por mediación de los Maestros y del Cristo y por Su sacrificio, al encarnar fí­sicamente para ayudar al mundo.  En la quinta iniciación el hombre se une con la mónada por mediación del Señor del Mundo, el Observador Solitario, el Gran Sacrificio. El hombre se unifica con el Logos, por medio de Aquel de Quien nada puede decirse.


 


 

CAPÍTULO III

 

EL TRABAJO DE LA JERARQUÍA

 

Aunque el tema de la Jerarquía oculta del planeta despierta un enorme y profundo interés en el hombre común, su verdadera significación, sin embargo, no será comprendida hasta que se reco­nozcan tres cosas sobre el tema. Primero, que la entera Jerar­quía de seres espirituales representa una síntesis de fuerzas o de energías, conscientemente manejadas para llevar adelante la evolución planetaria. Esto será más evidente a medida que avan­cemos. Segundo, estas fuerzas manifestadas en nuestro sistema planetario, por medio de las grandes Personalidades que compo­nen la Jerarquía, vinculan el sistema y todo lo que contiene, con la Jerarquía superior llamada solar. Nuestra Jerarquía es una réplica en miniatura de la síntesis mayor de esas Entidades auto­conscientes, que manipulan y controlan al Sol y se manifiestan a través de éste y de los siete planetas sagrados, y también de otros planetas mayores y menores, que componen nuestro sistema solar. Tercero, esta Jerarquía de fuerzas tiene cuatro líneas de acción predominantes, que son:

 

Desarrollar la autoconciencia en todos los Seres.

 

       La Jerarquía trata de proporcionar las condiciones adecuadas para desarrollar la autoconciencia en todos los seres, realizándolo primeramente en el hombre, mediante el trabajo inicial de fusio­nar los tres aspectos superiores del espíritu con los cuatro inferio­res; mediante el ejemplo en el servicio, en el sacrificio y en la renunciación, y por la constante corriente de luz (comprendido esotéricamente) que emana de ella. La Jerarquía podría ser con­siderada como el conjunto de fuerzas del quinto reino de la natu­raleza en nuestro planeta. Este reino se alcanza mediante el pleno desarrollo y el control del quinto principio o mente, y su trasmu­tación en sabiduría, que literalmente consiste en aplicar la inteli­gencia a todos los estados del ser, mediante la utilización plena­mente consciente de la facultad discriminadora del amor.

 

Desarrollar la Conciencia en los tres Reinos Inferiores.

 

Como es bien sabido, los cinco reinos de la naturaleza en el arco evolutivo pueden definirse de la manera siguiente: mineral, vegetal, animal, humano y espiritual. Estos reinos entrañan algún tipo de conciencia, y el trabajo de la Jerarquía consiste en des­arrollar dichos tipos hasta la perfección, mediante el agotamiento del karma, la acción de la fuerza y la provisión de las correctas condiciones. Obtendremos una idea de esta tarea si hacemos un breve resumen de los diferentes aspectos de la conciencia a desarrollar en los diversos reinos.

 En el reino mineral, el trabajo de la Jerarquía está dedicado a desarrollar la actividad discriminadora y selectiva. Una de las características de la materia es desarrollar un tipo de actividad, y en cuanto esa actividad va dirigida a la construcción de formas, aún las más rudimentarias, se manifiesta la facultad de discrimi­nar. Esto es reconocido por los científicos de todas partes y, al hacerlo, se acercan a los descubrimientos de la Sabiduría Divina.

En el reino vegetal, a esta facultad de discriminar se le agre­ga la de responder a la sensación, advirtiéndose la elemental con­dición del segundo aspecto de la divinidad, así como en reino mineral se advierte un reflejo similar rudimentario, del tercer as­pecto de actividad.

 En el reino animal, se incrementan las actividades rudimenta­rias, y se encuentran síntomas (si puede decirse así) del primer aspecto, o propósito y voluntad embrionarios. Podríamos llamarlo instinto hereditario, pero en verdad actúa como propósito de la naturaleza.

 Con gran sabiduría H. P. Blavatsky dijo que el hombre es el macrocosmos para los tres reinos inferiores, porque en él se sinte­tizan estas tres líneas de desarrollo y llegan a su plena fructifica­ción. En verdad y de hecho, es inteligencia activa y maravillosa­mente manifestada. Es amor y sabiduría incipientes, aunque no sean más que el objetivo de sus esfuerzos; posee esa voluntad em­brionaria, dinámica, iniciadora, que llegará a su pleno desarrollo después de haber entrado en el quinto reino.

 En el quinto reino la conciencia a desarrollar es la de grupo, y se manifiesta en el pleno florecimiento de la facultad amor-­sabiduría. El hombre no hace más que repetir, en una vuelta más alta de la espiral, la tarea de los tres reinos inferiores, pues en el reino humano manifiesta el tercer aspecto de inteligencia activa. En el quinto reino, en el cual se ingresa en la primera iniciación, que abarca todo el período de tiempo durante el cual recibe el hombre las cinco primeras iniciaciones y actúa como Maestro y parte de la Jerarquía, llega a su consumación el aspecto amor-­sabiduría o segundo aspecto. En la sexta y séptima iniciaciones fulgura el primer aspecto o voluntad, y después de ser Maestro de Compasión y Señor de Amor, el adepto se trasforma en algo más. Penetra en una conciencia superior a la grupal, la Concien­cia de Dios, y se hace consciente de Dios. Entonces entra en pose­sión de la gran voluntad o propósito del Logos.

 Fomentar los diversos atributos de la divinidad, cultivar la simiente de la autoconciencia en todos los seres, es trabajo de las Entidades que se han realizado, han entrado en el quinto reino y han tomado allí la gran decisión e inconcebible renunciación de permanecer en el sistema planetario, para cooperar con los planes del Logos planetario en el plano físico.

 

Trasmitir la Voluntad del Logos planetario.

 

La Jerarquía trasmite a los hombres y a los devas o ángeles, la voluntad del Logos planetario y a través de Él, la del Logos solar. Todo sistema planetario, el nuestro como los demás, es un centro en el cuerpo del Logos, y manifiesta algún tipo de energía o fuerza. Cada centro expresa un tipo especial de fuerza que se evidencia en forma triple, y produce así universalmente los tres aspectos de la manifestación. Uno de los grandes conocimientos que adquieren quienes entran en el quinto reino, es el del tipo particular de fuerza que incorpora nuestro Logos planetario. El estudiante inteligente debe reflexionar sobre esta afirmación, pues contiene la clave de muchos hechos observados actualmente en el mundo. Se ha perdido el secreto de la síntesis, y sólo cuando los hombres retornen al conocimiento que tenían en cielos ante­riores (afortunadamente retirados en los días atlantes) acerca del tipo de energía que nuestro sistema debe manifestar en la actualidad, los problemas humanos se resolverán por sí solos y se estabilizará el ritmo del mundo. Esto no sucederá todavía por­que dicho conocimiento es peligroso, y en la actualidad la raza no tiene conciencia grupal y, por lo tanto, no se le puede confiar que trabaje, piense, proyecte y actúe para el grupo. El hombre es aún demasiado egoísta, aunque esto no es motivo de desaliento. La conciencia grupal es ya algo más que una visión, mientras que la hermandad y el reconocimiento de sus obligaciones comienzan a penetrar en la conciencia de los hombres. Tal es el trabajo de la Jerarquía de la Luz, demostrar a los hombres el verdadero sig­nificado de la hermandad y fomentar en ellos la respuesta a ese ideal, latente en todos y cada uno.

 

Dar el Ejemplo a la Humanidad.

 

El cuarto punto que los hombres deben conocer y comprender como realidad fundamental, es que esta Jerarquía está compuesta por quienes han triunfado sobre la materia y han llegado a la meta por el mismo camino que siguen hoy los individuos. Estas perso­nalidades espirituales, adeptos y Maestros, han luchado y bregado por obtener la victoria y el control en el plano físico, y se han enfrentado con los miasmas, brumas, peligros, dificultades, angus­tias y dolores de la vida diaria. Han hollado cada paso del sendero del sufrimiento, han pasado por todas las experiencias, han supe­rado todas las dificultades y han triunfado. Estos Hermanos Ma­yores de la Raza han sufrido la crucifixión del yo personal y saben de la total renuncia del aspirante. No existe ninguna fase de agonía, ningún sacrificio consumado, ninguna Vía Dolorosa por la que no hayan pasado, y en esto radica Su derecho a servir y el poder de Su demanda. Conocedores de la quintaesencia del dolor, de la profundidad del pecado y del sufrimiento, Sus méto­dos pueden ser exactamente adecuados a las necesidades indivi­duales; pero al mismo tiempo su compresión de que la libera­ción se obtendrá por medio del dolor, el castigo y el sufrimiento, y su captación de que la liberación se obtiene mediante el sa­crificio de la forma, a través de los fuegos purificadores, basta para proporcionarles un firme apoyo y la capacidad de persistir, aun cuando la forma aparente haber sufrido suficientemente, y el amor ­que triunfa sobre todos los obstáculos, esté fundado en la paciencia y la experiencia. Estos Hermanos Mayores de la humanidad se ca­racterizan por un perdurable amor, que actúa siempre en bien del grupo; por un conocimiento adquirido en el transcurso de mi­llares de vidas, durante las cuales se abrieron camino desde el fondo de la vida y de la evolución, hasta llegar casi a la cima; por una experiencia basada en el tiempo mismo y en una multiplici­dad de reacciones e interacciones de la personalidad; por una va­lentía, resultado de esa experiencia, que habiendo sido producto de épocas de esfuerzos fracasos y renovados esfuerzos que condujeron finalmente al triunfo, pueden ponerse ahora al servicio de la raza; por un propósito iluminado, inteligente y cooperador, ajustado al grupo y al Plan jerárquico y adaptado a la finalidad del Logos planetario; finalmente, se caracterizan por su conoci­miento del poder del sonido. Esto último es la base del aforismo según el cual los verdaderos esoteristas se distinguen por la carac­terística del conocimiento, de la voluntad dinámica, del valor y del silencio: "saber, querer, osar y callar". Conociendo bien el plan y teniendo una visión clara y luminosa, pueden aplicar Su voluntad, firme e indesviablemente, al trabajo de creación por medio del poder del sonido. Esto Los conduce a callar donde el hombre común habla, y a hablar donde el hombre común calla.

 

Cuando los hombres comprendan los cuatro hechos enume­rados y los hayan establecido como verdades en la conciencia de la raza, podremos esperar entonces el retorno del cielo de paz, descanso y rectitud, predicho en todas las escrituras del mundo. Entonces el Sol de la Rectitud surgirá trayendo la curación en sus alas, y la paz, más allá de toda comprensión, reinará en el corazón de los hombres.

 

Al tratar el tema del trabajo de la Jerarquía oculta, en un libro dedicado al público, mucho quedará sin decir. El hom­bre común siente interés y su curiosidad se despierta cuando se habla de estas Personalidades, pues sólo está preparado para una información más general. Aquellos que de la curiosidad pasan al deseo y tratan de conocer la verdad tal cual es, obtendrán mayor información cuando ellos mismos hayan realizado el necesario trabajo y estudio. La investigación es deseable, y la actitud men­tal que se espera despierte este libro, puede resumirse en las si­guientes palabras: Estas afirmaciones parecen interesantes y qui­zás sean ciertas. Las religiones de todos los países, incluyendo la cristiana, dan indicaciones que aparentemente corroboran estas ideas. Aceptémoslas como hipótesis activas, respecto a la consu­mación del proceso evolutivo del hombre y a su actuación para lograr la perfección. Busquemos la verdad como un hecho en nuestra propia conciencia. Toda fe religiosa expone la creencia de que quienes buscan con fervor hallan lo buscado, por lo tan­to, busquemos. Si en nuestra investigación comprobamos que estas afirmaciones no son más que sueños visionarios, sin provecho al­guno, que nos llevan tan sólo a la oscuridad, no habremos perdido el tiempo, puesto que sabremos dónde no hay que buscar. Por otra parte, si nuestra investigación nos lleva poco a poco a la corro­boración, y la luz brilla cada vez con mayor claridad, persistamos hasta cuando alboree el día y la luz que brilla en la oscuridad ilu­mine el corazón y el cerebro, entonces el buscador despertará a la comprensión de que toda evolución tiende a otorgar esta expan­sión de conciencia y esta iluminación, y que el logro del proceso iniciático y la entrada en el quinto reino no son una quimera o fantasía, sino una realidad establecida en la conciencia. Cada uno debe cerciorarse por sí mismo. Quienes saben, pueden asegurar que una cosa es o no es así, y la afirmación o la enunciación de una teoría por otra persona, no dan al investigador más que una indicación confirmatoria. Cada alma debe cerciorarse por sí mis­ma y descubrir en sí misma lo que busca, teniendo siempre pre­sente que el reino de Dios es interno y que son de valor los hechos conocidos como verdades, dentro de la conciencia individual. Mien­tras tanto, podrá exponerse aquí lo que muchos conocen y han comprobado en sí mismos como verdades incontrovertibles, y al lector inteligente se le presentará la oportunidad y la responsabi­lidad de cerciorarse por sí mismo de su verdad o falsedad.

 

 

 


CAPÍTULO IV

 LA FUNDACIÓN DE LA JERARQUIA

 

Su Aparición en el Planeta.

 

En este libro no se trata de hablar sobre los pasos que condu­jeron a la fundación de la Jerarquía en el planeta, ni de considerar las condiciones que precedieron al advenimiento de esos grandes Seres. Esto puede ser estudiado en otros libros esotéricos occi­dentales y en las Sagradas Escrituras orientales. Para nuestro propósito será suficiente decir que a mediados de la época lemu­riana, hace aproximadamente dieciocho millones de años, ocurrió un gran acontecimiento que trajo, entre otras cosas, los siguientes desarrollos: El Logos planetario del esquema terrestre, uno de los Siete Espíritus ante el Trono, encarnó físicamente y en la forma de Sanat Kumara, el Anciano de los Días y Señor del Mun­do, descendió a este planeta físico denso permaneciendo desde entonces con nosotros. Debido a la máxima pureza de su natura­leza, y al hecho que desde el ángulo de la humanidad está exento de pecado y, por lo tanto, es incapaz de responder a nada en el plano físico, no pudo adoptar un cuerpo físico denso como el nues­tro, y debe actuar en Su cuerpo etérico. Es el más grande de los Avatares o “de los Venideros”, porque es un reflejo directo de la Gran Entidad que vive, respira y actúa a través de todas las evo­luciones de este planeta, manteniendo todo dentro de Su aura o esfera magnética de influencia. En Él vivimos, nos movemos y tenemos nuestro ser, y nadie puede ir más allá del radio de Su aura. Es el Gran Sacrificio, que abandonó la gloria de los eleva­dos lugares, y en bien de los hijos de los evolucionantes  hombres tomó Él Mismo forma física, y fue hecho a semejanza del hombre. Es el Observador Silencioso, en lo que a nuestra humanidad con­cierne, aunque literalmente, el Logos planetario Mismo, en los niveles superiores de conciencia en que actúa, es el verdadero Observador Silencioso en cuanto al esquema planetario se refiere. Podría decirse que el Señor del Mundo, el Iniciador Uno, ocupa el mismo lugar, en conexión con el Logos planetario, que la mani­festación física de un Maestro en relación con la mónada de ese Maestro en el plano monádico. En ambos casos se ha reempla­zado el estado intermedio de conciencia, la del ego o yo superior, y lo que vemos y conocemos es la directa manifestación autocreada del espíritu puro. He aquí el sacrificio. Debe recordarse que, en el caso de Sanat Kumara hay una enorme diferencia de grado, pues Su etapa de evolución es más avanzada que la de un adepto, tal como lo es el adepto en relación con el hombre animal. Esto se ampliará en el siguiente capítulo.

 

Juntamente con el Anciano de los Días vino un grupo de otras Entidades altamente evolucionadas, que representan a Su propio grupo kármico individual y a Aquellos Seres que son el resultado de la triple naturaleza del Logos planetario. Podría de­cirse que personifican las fuerzas que emanan de los centros coro­nario, cardíaco y laríngeo. Llegaron con Sanat Kumara a fin de constituir puntos focales de fuerza planetaria y ayudar en el gran plan para el desarrollo autoconsciente de toda vida. Sus lugares han sido ocupados gradualmente por los hijos de los hombres, a medida que se han capacitado para ello, aunque son muy pocos hasta ahora en nuestra inmediata humanidad terrestre. Los que forman el grupo interno que rodean al Señor del Mundo, fueron extraídos principalmente de las filas de quienes eran iniciados en la cadena lunar (el ciclo de evolución que precedió al nuestro), o entraron en ciertas corrientes de energía solar, determinadas astrológicamente desde otros sistemas planetarios; aunque el nú­mero de los que triunfan en nuestra humanidad aumenta rápida­mente y desempeñan los cargos subalternos del grupo esotérico central de Seis, que, con el Señor del Mundo, constituyen el cora­zón del esfuerzo jerárquico.

 

El efecto inmediato.

 

El resultado de Su advenimiento, hace millones de años, fue grandioso, y aún se notan sus efectos, que pueden ser enumerados de la manera siguiente: Al Logos planetario, en Su propio plano, se le permitió adoptar un método más directo, a fin de lograr los resultados que Él deseaba para desarrollar Su plan. Como es bien sabido, el esquema planetario, con su globo denso y sus sutiles globos internos, es para el Logos planetario lo que el cuerpo físico y sus cuerpos sutiles son para el hombre. De ahí que, como ilus­tración, puede decirse que la encarnación de Sanat Kumara fue un hecho análogo al firme control autoconsciente que el ego de un ser humano ejerce sobre sus vehículos, al lograrse la necesaria etapa de evolución. Se ha dicho que en la cabeza de todo hombre hay siete centros de fuerza vinculados con los otros centros del cuerpo, a través de los cuales la fuerza del ego se difunde y circu­la, desarrollando así el plan. Sanat Kumara, juntamente con los otros seis Kumaras, mantiene una posición similar. Éstos siete principales constituyen para Él lo que los siete centros de la cabeza para el conjunto corporal. Son los agentes directrices y trans­misores de energía, fuerza, propósito y voluntad del Logos plane­tario, en Su propio plano. Este centro coronario planetario actúa directamente a través de los centros cardíaco y laríngeo y, por lo tanto, controla los centros restantes. Esto es una especie de ilus­tración y el intento de demostrar la relación de la Jerarquía con su fuente planetaria, así como también la estrecha analogía entre el método de la actuación de un Logos planetario y el hombre, el microcosmos.

 

El tercer reino de la naturaleza, el reino animal, había alcan­zado un grado relativamente elevado de evolución, y el hombre animal estaba en posesión de la tierra; era un ser con un poderoso cuerpo físico, un coordinado cuerpo astral o de sensación y senti­miento, y un germen rudimentario de mente, que algún día podría constituir el núcleo de un cuerpo mental. Abandonado a sus propios medios durante largos eones, el hombre animal eventualmen­te habría progresado hasta pasar del reino animal al humano, y llegado a ser una entidad autoconsciente, activa y racional, pero la lentitud del proceso se pone en evidencia al estudiar los bosqui­manos de Sudáfrica, los vedas de Ceilán o los hirsutos ainos del Japón.

 

La decisión del Logos planetario de tomar un cuerpo físico, estimuló extraordinariamente el proceso evolutivo y, por Su en­carnación y los métodos que empleó para distribuir las fuerzas, produjo, en un breve cielo, lo que de otro modo hubiera sido incon­cebiblemente lento. El germen de la mente en el hombre animal fue estimulado. El cuádruple hombre inferior,

 

 a. el cuerpo físico, en su capacidad dual, etérica y densa,
 b. la vitalidad, fuerza vital o prana,
 c. el cuerpo astral o emocional,
 d. el incipiente germen de la mente,

fue coordinado y estimulado, y llegó a ser un receptáculo apro­piado para la entrada de las entidades autoconscientes, esas tría­das espirituales (reflejo de la voluntad, intuición o sabiduría es­pirituales y mente superior) que habían esperado precisamente esa adaptación durante largas edades. El reino humano o cuarto reino, vino a la existencia, y la unidad autoconsciente o racional, el hombre, comenzó su carrera.

 

Otra consecuencia del advenimiento de la Jerarquía consistió en un desarrollo similar, aunque menos conocido, en todos los reinos de la naturaleza. En el reino mineral, por ejemplo, algu­nos de los minerales o elementos, recibieron un estímulo adicio­nal y se hicieron radiactivos, y tuvo lugar un misterioso cambio químico en el reino vegetal. Esto facilitó el paso del reino vegetal al animal, así como la radiactividad de los minerales facilitó el paso del reino mineral al vegetal. A su debido tiempo, los hom­bres de ciencia reconocerán que todos los reinos de la naturaleza se unen e interpenetran cuando las unidades de esos reinos son radiactivas. Pero no es necesario divagar en este sentido. Basta un indicio para quienes tienen ojos para ver, e intuición para com­prender el significado de los términos, limitados por una connota­ción puramente material.

 

En los días de Lemuria, después del gran descenso de las Exis­tencias espirituales a la tierra, quedó sistematizado el trabajo que proyectaron. Se distribuyeron las funciones, y los procesos evolu­tivos en todos los sectores de la naturaleza, quedaron bajo la sabia y consciente guía de esta Hermandad inicial. Esta Jerarquía de Hermanos de la Luz, existe aún, y el trabajo prosigue constante­mente. Todos tienen existencia física, ya sean cuerpos físicos den­sos, tal como lo hacen muchos de los Maestros, o bien cuerpos etéricos, tales como los que utilizan los más excelsos auxiliares y el Señor del Mundo. Es necesario que los hombres recuerden que Ellos tienen existencia física, y también deben tener en cuenta que viven con nosotros en este planeta controlando su destino, guiando sus asuntos y conduciendo a todas sus evoluciones hacia la perfección final.

 

La Sede de esta Jerarquía se halla en Shamballa, un centro en el desierto de Gobi, llamado en los libros antiguos "Isla Blan­ca". Existe en materia etérica, y cuando la raza de los hombres haya desarrollado la visión etérica en la Tierra, se conocerá su ubicación y será aceptada su realidad. Rápidamente se está des­arrollando esta visión, como puede observarse en los diarios y en la literatura actual, pero la ubicación de Shamballa será el último de los sagrados lugares etéricos que se revelará, pues su materia es del segundo éter. Varios Maestros que tienen cuerpo físico viven en los Himalayas en un lugar recluido llamado Shigatsé, lejos de los caminos de los hombres; pero la mayor parte están diseminados en todo el mundo, y viven de incógnito, y descono­cidos en diferentes lugares y en distintas naciones, aunque cada uno en Su propio lugar constituye un punto focal para la energía del Señor del Mundo, demostrando ser en Su medio ambiente, un distribuidor del amor y de la sabiduría de la Deidad.

 


La apertura del Portal de la Iniciación.

 

No es posible referirse a la historia de la Jerarquía, durante las largas épocas de su trabajo, sin mencionar algunos aconteci­mientos sobresalientes del pasado y sin señalar ciertas eventuali­dades. Durante épocas, después de su inmediata fundación, el trabajo fue lento y desalentador. Transcurrieron miles de años y apa­recieron razas humanas y desaparecieron de la tierra, antes de ser posible delegar, por lo menos el trabajo realizado por los ini­ciados de primer grado, a los hijos de los hombres en evolución. Pero a mediados del transcurso de la cuarta raza raíz, la atlante, sobrevino un acontecimiento que hizo necesario un cambio o in­novación, en el método jerárquico. Algunos de sus miembros fue­ron destinados a un trabajo superior en otra parte del sistema solar, y esto trajo por necesidad el ingreso, en número elevado, de unidades altamente evolucionadas de la familia humana. A fin de permitir que otros ocuparan Su lugar, los miembros menores de la Jerarquía fueron ascendidos, originando vacantes en tales puestos. Por lo tanto, tres cosas se decidieron en la Cámara del Concilio del Señor del Mundo:

 

1. Cerrar la puerta por donde los hombres animales pasaban al reino humano, no permitiendo a las mónadas de los planos su­periores tomar cuerpo por un tiempo. Debido a las limitacio­nes de entonces, se restringió el número de unidades del cuarto reino o reino humano.

 

       2. Abrir otra puerta a esos miembros de la familia humana que se hallaban dispuestos a someterse a la disciplina necesaria y hacer el gran esfuerzo requerido, y permitirles entrar en el quinto reino o espiritual. De este modo, las filas de la Jerarquía podían llenarse con miembros de la humanidad terrestre, capaci­tados para ello. Esta puerta se denomina el Portal de la Inicia­ción, y aún permanece abierta con las mismas cláusulas que fijara el Señor del Mundo en los días atlantes. Estas cláusulas se ex­pondrán en el último capítulo de este libro. La puerta que existe entre los reinos humano y animal, será abierta de nuevo durante el próximo gran ciclo o "ronda", como se dice en algunos libros; pero como aún faltan varios millones de años, no nos ocuparemos de ello por el momento.

      

       3. Trazar una línea de demarcación bien definida entre las dos fuerzas, la de la materia y la del espíritu. Fue recalcada la inherente dualidad de toda manifestación, a fin de enseñar a los hombres a liberarse por sí mismos de las limitaciones del cuarto reino o humano, y así pasar al quinto reino o espiritual. El pro­blema del bien y del mal, la luz y la oscuridad, lo correcto y lo incorrecto, fue enunciado únicamente en beneficio de la humani­dad, para permitir a los hombres romper con las cadenas que apri­sionaban al espíritu, logrando así la liberación espiritual. Este problema no existe en los reinos inferiores al del hombre, ni para quienes han trascendido el humano. El hombre debe aprender, a través de la experiencia y el dolor, la realidad de la dualidad de toda existencia. Habiéndolo aprendido, elige lo que concierne al aspecto espíritu plenamente consciente de la divinidad, y también a centrarse en ese aspecto. Al alcanzar la liberación, se da cuenta en verdad que todo es uno, que el espíritu y la materia son una unidad y que sólo existe lo que se halla en la conciencia del Logos planetario, y en círculos más amplios, en la conciencia del Lo­gos solar.

 

La Jerarquía aprovechó de este modo la facultad discrimina­dora de la mente, cualidad que caracteriza a la humanidad, para que el hombre, mediante el equilibrio de los pares de opuestos,  alcance su meta y encuentre el camino de regreso a la fuente de origen.

 

Esta decisión condujo a la gran lucha, característica de la civilización atlante, que culminó con la destrucción, el diluvio al que se refieren todas las Escrituras del mundo. Las fuerzas de la luz y las fuerzas de la oscuridad se enfrentaron, y esto se hizo para ayudar a la humanidad. La lucha persiste aún, y la pasada guerra mundial fue un recrudecimiento de ella. En cada bando ha­bía dos grupos: los que luchaban por un determinado ideal, tal como ellos lo veían y creían que era lo más elevado, y aquellos que lo hacían por obtener ventajas materiales y egoístas. En la lucha entre los influyentes idealistas o materialistas, muchos fueron arrastrados y lucharon ciega e ignorantemente y, en consecuencia, fueron abatidos por el desastre y el karma racial.

 

Estas tres decisiones de la Jerarquía, tienen y tendrán un pro­fundo efecto sobre la humanidad, pero se están obteniendo los re­sultados deseados, pues ya puede observarse una mayor acelera­ción del proceso evolutivo y un efecto profundamente importante sobre el aspecto mente del hombre.

 

Conviene señalar aquí que, actuando como miembros de la Jerarquía, existe gran número de seres llamados ángeles por los cristianos y devas por los orientales. Muchos de ellos han pasado hace tiempo por la etapa humana y actúan ahora en las filas de la gran evolución, llamada evolución dévica, paralela a la humana. Esta evolución incluye, entre otros factores, a los constructores del planeta objetivo y a las fuerzas que producen, por medio de estos constructores, todas las formas conocidas y desconocidas. Los devas que colaboran en el esfuerzo jerárquico se ocupan, por lo tanto, del aspecto forma, mientras que los otros miembros de la Jerarquía se ocupan del desarrollo de la conciencia dentro de la forma.


...



 


ENLACES A OTRAS PÁGINAS