OBSERVACIONES PRELIMINARES

 Al estudiar y considerar cuidadosamente las ideas expues­tas en este libro deben tenerse presente ciertos conceptos básicos:

 Primero, que lo más importante para el estudiante no es la personalidad de determinado instructor, sino el grado de verdad que éste representa, de ahí la capacidad para discernir entre la ver­dad, la verdad parcial y lo falso.

 

Segundo, que el acrecentamiento de la enseñanza esotérica trae acrecentada responsabilidad exotérica. Cada estudiante debe hacer un consciente balance de sí mismo, y recordar que la com­prensión llega aplicando al problema y medio ambiente inmedia­tos el grado de verdad captada, y que la conciencia se expande empleando la verdad impartida.

 

Tercero, que la adhesión dinámica en el sendero elegido y una firme perseverancia para vencer y permanecer inconmovible ante todo lo que pueda acontecer, son requisitos indispensables que conducen al portal de acceso a un reino, a una dimensión y a un estado del ser, conocido interna o subjetivamente. Este estado de comprensión produce cambios en la forma y en el medio ambiente, comparables a su poder.

                                                                                                 

Estas tres sugerencias merecen un minucioso estudio y su significación deberá ser captada en cierta medida, antes de lograr un real progreso. No me corresponde indicar la aplicación indi­vidual y personal de las enseñanzas impartidas. Esto lo debe ha­cer cada estudiante por sí mismo.

 

 "Has conservado inteligentemente las enseñanzas, libre de toda autoridad extraña, y no hay en tus libros principios esotéri­cos de autoridad o respaldo jerárquico, tales como los que han producido las estrechas limitaciones de ciertos organismos y gru­pos eclesiásticos tan diferentes como la Iglesia Católica, la Cien­cia Cristiana y aquellos que creen en la inspiración verbal de las Escrituras y en numerosas asociaciones denominadas esotéricas. La desgracia de muchos grupos ha sido ese constante rumoreo: «Aquellos que saben, desean...» «El Maestro dice» «Los Grandes Seres Ordenan... » y el grupo, como rebaño de ovejas, se atropella ciegamente en el afán de obedecer. Creen que mediante su mal  orientada devoción se relacionarán con ciertos personajes autori­zados, acortando así el camino para llegar al cielo.


 

  "Has sabido conservar y cuidar sabiamente los libros, de las reacciones de aquellos que pretenden ser maestros, adeptos e ini­ciados. Mi anonimato y estado deben ser respetados, y mi rango debe ser considerado sólo como el de un estudiante más avanzado, el de un aspirante a esa expansión de conciencia, que para mí sig­nifica un paso más. Sólo es importante la parte de verdad que pue­da exponer; sólo es vital la inspiración y la ayuda que pueda dar a cualquier peregrino en el sendero; lo que he aprendido por me­dio de la experiencia está a disposición de todo aspirante sincero; y la amplitud de visión que puedo impartirles (debido a que he escalado la montaña un poco más), es mi principal aporte. Los es­tudiantes son libres de reflexionar sobre estos puntos y de pres­cindir de inútiles especulaciones acerca de las informaciones deta­lladas sobre personalidades insignificantes y condiciones ambien­tales."

 El tema a tratar será la Magia del Alma, y el pensamiento clave de todo lo que pueda aparecer en este libro, lo hallarán en las palabras del Bhagavad Gita:

 "Aunque soy el que no ha nacido, el alma que no muere; aun­que soy el Señor de los Seres; no obstante, como señor de mi natu­raleza, me manifiesto por medio del poder mágico del Alma". B. G.,  IV. 6.


Lo estadístico y lo académico son bases necesarias y pasos preliminares en la mayoría de los estudios científicos, pero en este libro centraremos la atención sobre el aspecto vida y la aplicación práctica de la verdad a la vida diaria del aspirante. Estudiaremos cómo llegar a ser magos prácticos y en qué forma podemos vivir mejor la vida del hombre espiritual y la del aspi­rante al discipulado aceptado, en esta peculiar época, estado y medio ambiente.

 Para lograrlo, tomaremos las Quince Reglas para la Magia, de mi libro anterior Tratado sobre Fuego Cósmico. Las comen­taré sin ocuparme de su significado cósmico o solar, o de otras analogías y correspondencias; pero aplicándolas al trabajo del aspirante y dando sugerencias prácticas para desarrollar mejor el contacto y la manifestación del alma. Daré por sentado que los estudiantes poseen ciertos conocimientos, y supongo que podrán seguirme y comprender algunos términos técnicos que me veré obligado a emplear. No trato con infantes, sino con personas ma­duras que han elegido determinado camino y se han comprome­tido a "caminar en la luz".

 



En este libro me propongo hacer cuatro cosas y atraer tres tipos de personas. Referente a su enseñanza, se basa sobre cuatro postulados fundamentales que intentan:

 1.     Enseñar las leyes de la sicología espiritual como distintas de las de la sicología mental y emocional.

2.     Aclarar la naturaleza del alma humana y sus relaciones con el sistema y el cosmos. Como paso preliminar esto incluirá su relación con el grupo.

3.     Demostrar las relaciones entre el yo y las envolturas que ese yo pueda utilizar, y así aclarar el pensar general res­pecto a la constitución del hombre.

4.     Elucidar el problema de los poderes supranormales  y dar las reglas para su desarrollo útil y sin peligro.

 

Nos hallamos al final de un gran período de transición, y los reinos más sutiles de la vida nunca estuvieron tan cercanos; los fenómenos inusitados y los acontecimientos inexplicables son aho­ra más comunes que en épocas anteriores, y lo telepático, lo sí­quico y lo peculiar, atraen la atención de los escépticos, de los científicos y de quienes estudian religión. Generalmente se bus­can razones para explicar la aparición de lo fenoménico, y se for­man asociaciones para su investigación y demostración. Además, muchas personas se desvían del camino en el afán de promover en sí mismas condiciones síquicas y factores que producen ener­gía y dan origen a la manifestación de peculiares poderes. Este libro tratará de adaptar la información suministrada al esquema de vida tal como lo reconocemos hoy, y demostrar cuán básica­mente natural y verídico es todo aquello que se califica de mis­terioso. Todas las cosas están sujetas a la ley, y las leyes deben ser explicadas, ahora que el hombre ha llegado a una etapa de desarrollo en que puede apreciar más exactamente su belleza y realidad.

 

      Tres tipos de personas responderán a la enseñanza de este libro, y son:

 

1.     Esos investigadores de mente abierta, dispuestos a acep­tar los fundamentos como hipótesis aplicables, hasta de­mostrar que son erróneas. Serán francamente agnósticos, pero, en su búsqueda de la verdad, deben estar dispuestos temporariamente a ensayar los métodos y seguir las su­gerencias presentadas a su consideración.

2.     Los aspirantes y discípulos estudiarán este tratado a fin de comprenderse mejor a sí mismos para poder ayudar al prójimo. No aceptarán ciegamente sus dictámenes, sino que experimentarán, comprobarán y corroborarán, cuida­dosamente las etapas  y pasos expuestos aquí en esta sec­ción de las enseñanzas de la Sabiduría Eterna.

3.     Los iniciados arribarán a un significado que no será  evidente para los del primer grupo, y sólo es sospechado por los miembros más avanzados del segundo. Internamente conocen la verdad de muchas de las afirmaciones, pero com­prenderán la actuación subjetiva de muchas de las leyes. Estas leyes de la naturaleza producen efectos en tres esfe­ras distintas:

 

a.       Físicamente, donde se demuestran como efectos en la forma densa.

b.       Etéricamente, donde se manifiestan como energía que subyace detrás de esos efectos.

c.       Mentalmente, donde conciernen a los impulsos que producen los otros dos.

 

Tratado sobre Fuego Cósmico trata especialmente del sistema solar y sólo superficialmente de los aspectos y analogías humanas, en lo que ellas demuestran la relación de la parte con el todo y la unidad con la totalidad.

 Este libro se ocupará más específicamente del desarrollo y desenvolvimiento humanos y elucidará las causas responsables de los efectos actuales, señalando el futuro y sus posibilidades y la naturaleza de las potencialidades en desarrollo.


Este libro también versará sobre cuatro postulados funda­mentales, que el estudiante tendrá que aceptar en carácter de hi­pótesis, digna de consideración y comprobación. A ningún inves­tigador sincero de la Sabiduría Eterna se le exige ciega acepta­ción de cualquier presentación de la verdad; no obstante, se le pide que mantenga una mente abierta y seriamente valore y con­sidere las teorías e ideales, las leyes y verdades, que han llevado a muchas personas de la oscuridad a la luz del conocimiento  y la experiencia. Los postulados podrían ser enumerados de la siguiente manera, por orden de importancia:


 

 I.  El primer postulado es que existe en nuestro universo ma­nifestado la expresión de una Energía o Vida, causa responsable de las diversas formas y de la vasta jerarquía de seres sensibles que componen la totalidad de cuanto existe. Ésta es la denomina­da teoría hilozoísta, aunque el término sólo sirve para confundir. Esta gran Vida es la base del Monismo, y todos los hombres ilu­minados son monistas. "Dios es uno", es la expresión de la ver­dad. Una sola vida impregna todas las formas y éstas son las expresiones en tiempo y espacio, de la energía universal central. La Vida en manifestación produce existencia y ser, por lo tanto es la causa raíz de la dualidad. Esta dualidad, que se percibe cuan­do está presente la objetividad, y desaparece cuando el aspecto forma se desvanece, tiene muchos nombres, de los cuales y para mayor claridad podríamos enumerar los más comunes:

 Espíritu  Materia
 Vida Forma
 Padre Madre
 Positivo Negativo
 Oscuridad Luz

Los estudiantes deben mantener en la mente esta unidad esencial, aún cuando hablen (como deberán hablar) en términos finitos de esa dualidad, que cíclicamente se evidencia en to­das partes.

 

II.  El segundo postulado surge del primero, y afirma que la Vida Una, que se manifiesta a través de la materia, produce un tercer factor que es la conciencia. Esta conciencia, resultado de la unión de los dos polos, espíritu y materia, constituye el alma de todas las cosas; compenetra toda sustancia o energía objetiva; subyace en todas las formas, ya sea la de esa unidad de energía que llamamos átomo o la de un hombre, un planeta o un sistema solar. Ésta es La Teoría de Autodeterminación, o la enseñanza de que todas las vidas, de las cuales está formada la vida una, cada una en su esfera y modo de ser, se embeben en la materia, por así decirlo, y asumen formas por cuyo intermedio su peculiar y específico estado de conciencia puede ser comprendido y su vi­bración estabilizada; así pueden conocerse a sí mismas como exis­tencias. Nuevamente la vida una se convierte entonces en una entidad estabilizada y consciente mediante el sistema solar, sien­do por lo tanto esencialmente la suma total de energías de todos los estados de conciencia y de todas las formas de existencia. Lo homogéneo se vuelve heterogéneo, y sin embargo permanece sien­do una unidad; el uno se manifiesta en diversidad, y no obstante, es inmutable; la unidad central es conocida en tiempo y espacio, como compuesta y diferenciada, y sin embargo cuando no existan tiempo y espacio (pues no son más que estados de conciencia) sólo permanecerá la unidad y únicamente persistirá el espíritu, ade­más de una acrecentada acción vibratoria y la capacidad para in­tensificar la luz cuando retorne el ciclo de manifestación.

 

Dentro de la pulsación vibratoria de la Vida una en manifes­tación, todas las vidas inferiores repiten el proceso de ser ‑Dio­ses, ángeles, hombres y miríadas de vidas que se expresan median­te las formas de los reinos de la naturaleza y las actividades del proceso evolutivo. Todo llega a ser autocentrado y autodeter­minado.

 

III.  El tercer postulado fundamental es que el desenvolvimiento de la conciencia o la revelación del alma, constituye el objetivo por el cual la vida adquiere forma y también el propósito por el cual se manifiesta el ser. Esto puede ser denominado La Teoría de la Evolución de la Luz. Si se tiene en cuenta que el científico moderno sostiene que la luz y la materia son términos sinónimos, haciéndose eco de las enseñanzas de Oriente, es evi­dente que mediante la interacción de los polos y la fricción de los pares de opuestos, surge la luz. La meta de la evolución consiste en una serie graduada de manifestaciones de luz. Velada y ocul­ta en todas las formas se halla la luz. A medida que la evolución avanza, la materia se convierte en un buen conductor de luz, de­mostrando así la exactitud de la afirmación de Cristo, "Yo Soy la Luz del Mundo".

 

IV.  El cuarto postulado sostiene que todas las vidas se ma­nifiestan cíclicamente. Ésta es La Teoría del Renacimiento o de la reencarnación, demostración de la ley de periodicidad.

 

Tales son las grandes verdades subyacentes que constituyen la base de la Sabiduría Eterna ‑o la existencia de la vida y el desarrollo de la conciencia, mediante la cíclica adquisición de la forma.

 

En este tratado se hará hincapié en la minúscula vida; el hombre "hecho a imagen de Dios", que mediante la reencarna­ción desarrolla su conciencia hasta florecer como alma perfeccio­nada, cuya naturaleza es luz y cuya comprensión es la de una identidad autoconsciente. Esta unidad desarrollada debe oportu­namente fusionarse, participando con plena inteligencia en esa conciencia mayor de la cual forma parte.

 

Antes de abocarnos a nuestro tema quizás sea útil definir ciertas palabras que emplearemos con frecuencia, para entender­nos mejor y conocer la significación de los términos que utilizamos.

 

1.    Oculto. Este término se refiere a las fuerzas ocultas del ser y al origen de la conducta, que producen la manifestación ob­jetiva. La palabra "conducta" se emplea deliberadamente, porque toda manifestación en los reinos de la naturaleza es la expresión de la vida, propósito y tipo de actividad, de algún ser o existen­cia, y es literalmente la conducta (o naturaleza externa o cuali­dad) de una vida. El origen de la acción está oculto tras los pro­pósitos de cualquier vida, sea una vida solar, una entidad pla­netaria, un hombre, o ese Ser que es la totalidad de los estados de conciencia y de las formas de cualquier reino de la naturaleza.

 

2.    Ley. Una ley presupone una entidad superior que, dotada de propósito y ayudada por la inteligencia, coordina sus fuerzas de tal modo que va madurando un plan en forma secuencial y cons­tante. Mediante el conocimiento claro de la meta, esa entida activa los pasos y las etapas que, si se realizan ordenadamente, lle­van el plan a la perfección. La palabra "ley" tal como se entiende comúnmente, da la idea de sometimiento a una actividad recono­cida como inexorable e inflexible, pero que no es comprendida por el que está sujeto a ella; abarca, desde cierto punto de vista, la ac­titud de la unidad sumergida en el impulso grupal, y la incapa­cidad de la misma para cambiar el impulso o eludir la conse­cuencia; produce inevitablemente en la conciencia del hombre que considera estas leyes, el sentimiento de ser una víctima im­pelida como una hoja a merced del viento, hacia un fin, del cual sólo es posible especular, regido por una fuerza que actúa aparentemente, ejerciendo una presión ineludible y produciendo resultados grupales a expensas de la unidad. Esta actitud mental se produce inevitablemente, hasta que la conciencia del hombre puede expandirse a tal grado que llega a ser consciente de asun­tos más importantes. Cuando establece contacto con su yo superior, participa en el conocimiento de lo objetivo y escala la montaña de la visión, su perspectiva cambia y su horizonte se ensancha; entonces llega a comprender que una ley es únicamen­te el impulso espiritual: incentivo y manifestación de la vida de ese Ser en el cual vive y se mueve. Aprende que ese impulso ex­presa un propósito inteligente, sabiamente dirigido y basado en el amor. Luego, comienza él mismo a aplicar la ley, trasmitiendo sabia, amorosa e inteligentemente, a través de sí mismo, todo lo que recibe de ese impulso de vida espiritual al que su organismo puede responder, trasmitir y utilizar. Deja de ser un obstáculo y comienza a trasferir. Pone fin al ciclo de vida hermética y au­tocentrada, y abre de par en par las puertas a la energía espiri­tual. Al hacer esto descubre que la ley, a la cual ha odiado y recelado, es el agente vitalizador y purificador que lo impele a él y a todas las criaturas de Dios, a una gloriosa consumación.

 

3.    Síquico. En lo que concierne al reino humano hay, dos tipos en manifestación,

de esa fuerza mencionada, y deben ser claramente captados. Una fuerza anima a los reinos subhumanos de la naturaleza ‑energía animadora que conjuntamente con la energía de la materia y del yo, produce todas las formas. El efecto de esta conjunción es agregar a la inteligencia embrionaria de la sustancia misma, la sensibilidad latente y la respuesta, lo cual produce ese algo subjetivo que llamamos alma animal. Existen cuatro grados o estados de percepción sensoria:

 

a.     La conciencia del reino mineral.

b.     La conciencia del reino vegetal.

c.     La conciencia del reino animal.

d.     La conciencia de la forma animal, a través de la cual actúa el hombre espiritual que, en última instancia, no es  más que un sector del grupo anterior en su presentación más elevada.

 

Existe también esa fuerza síquica que es resultado de la unión del espíritu con la materia sensoria del reino humano, y produce el centro síquico denominado el alma del hombre, el cual es un centro de fuerza, y la fuerza que custodia o manifiesta, pone en actividad la respuesta y percepción del alma de la vida planetaria, conciencia grupal que trae consigo facultades y conocimientos de orden distintos de los del alma animal. Éstos, finalmente, reemplazan los poderes del alma animal que limitan, deforman y apri­sionan, dando al hombre una esfera de contactos y conocimientos infalibles, libre de error, que le concede "la libertad de los cielos". Los resultados de la libre acción del alma del hombre sirven para demostrar la falibilidad y la relativa inutilidad de los poderes del alma animal. Aquí deseo demostrar los dos sentidos en que se emplea la palabra "síquico". Luego me ocuparé del crecimiento y desarrollo de la naturaleza síquica inferior, o del alma de los vehículos en que el hombre funciona en los tres mundos; después trataré de elucidar la verdadera naturaleza del alma del hombre y los poderes que entrarán en juego una vez que pueda hacer contacto con su propio centro espiritual, el alma, y vivir en esa conciencia del alma.

 

4.    Desenvolvimiento. La vida en el corazón del sistema so­lar produce un desarrollo evolutivo de las energías de ese universo, que el hombre finito aún no puede imaginar. Análogamente el centro de energía denominado aspecto espiritual del hombre (mediante la utilización de la materia o sustancia), produce el desarrollo evolutivo de aquello que denominamos alma, y es lo más elevado de las manifestaciones de la forma ‑el reino humano-. El hombre es el producto más elevado de la existencia en los tres mundos. Quiero significar por hombre, el hombre espiritual, un hijo de Dios en encarnación. Las formas de todos los reinos de la naturaleza ‑humano, animal, vegetal y mineral‑ contribuyen a esa manifestación. La energía del tercer aspecto de la divinidad tiende a la revelación del alma o segundo aspecto, que a su vez revela el aspecto más elevado. Debe recordarse que La Doctrina Secreta,* de H. P. Blavátsky, expresa con exactitud esta idea, en las siguientes palabras: "Consideramos la vida como la única forma de existencia, manifestándose en lo que llamamos materia, o que separándolas incorrectamente, denominamos espíritu, alma y materia, en el hombre. Materia es el vehículo para la manifestación del alma en este plano de existencia, y el alma es el vehículo, en un plano más elevado, para la manifestación del espíritu; los tres son una trinidad sintetizada por la vida que los compenetra".

 

 El alma se desarrolla mediante el empleo de la materia, y lle­ga a su culminación en el alma del hombre. Este tratado versará sobre el desarrollo de esa alma y su descubrimiento por el hombre.

 

5.    Conocimiento. Podría ser dividido en tres categorías: Primero, el conocimiento teórico, incluye todo lo que el hombre co­noce y percibe, y que ha aceptado debido a las afirmaciones de otras personas y de los especialistas en las distintas ramas del conocimiento. Se funda en autorizadas afirmaciones y contiene elementos que permiten confiar en los escritores, conferencistas e inteligencias entrenadas que actúan en cualesquiera de los nu­merosos y variados campos del pensamiento. Las verdades acep­tadas como tales no han sido formuladas o verificadas por quien las acepta, pues carece del entrenamiento y equipo necesarios. Los dictámenes de la ciencia, de la teología y de la religión y los descubrimientos de los filósofos y pensadores de todas partes, matizan el punto de vista y hallan rápida aceptación en la mente no entrenada, la mente común.

 

Segundo, tenemos el conocimiento discriminativo que con­tiene una cualidad de selección, y afirma la valoración inteligen­te y aplicación práctica del método más específicamente cientí­fico y la utilización de la prueba, la eliminación de lo que no puede ser probado y el aislamiento de esos factores susceptibles de investigación, de acuerdo a lo que se entiende por ley. La mente razonadora, argumentadora, escolástica y concreta, es pues­ta en actividad con el resultado de que gran parte de lo que es in­fantil, imposible e inverificable, es rechazado, trayendo como consecuencia el esclarecimiento en el campo de los resultados men­tales. Este proceso discriminador y científico permitió al hom­bre conocer gran parte de la verdad respecto a los tres mundos. El método científico, en relación con la mente de la humanidad, desempeña la misma función que el método ocultista de medita­ción (en sus dos primeras etapas de concentración y concentra­ción prolongada o meditación) en relación con el individuo. Por su intermedio se engendran correctos procesos mentales, y finalmente es eliminado o corregido lo no esencial y las formulaciones incorrectas de la verdad, y el constante enfoque de la atención, sea sobre un pensamiento simiente, un problema científico, una filosofía o una situación mundial, dando por resultado el es­clarecimiento final y la constante infiltración de ideas correctas y sólidas conclusiones. Los pensadores más destacados en cualesquiera de las grandes escuelas de pensamiento son simples ex­ponentes de la meditación ocultista, y los brillantes descubri­mientos de la ciencia, las correctas interpretaciones de las leyes de la naturaleza y la formulación de las correctas conclusiones, ya sea en los campos de la ciencia, la economía, la filosofía, la sicología o en cualquier otro campo, sólo son lo que registra la mente (y en consecuencia el cerebro) de las verdades eternas, e indican que la raza comienza a eliminar la separación entre lo objetivo y lo subjetivo, entre el mundo de la forma y el mun­do de las ideas.

 

Esto conduce inevitablemente al surgimiento de la tercera rama del conocimiento, la intuición. En realidad, la intuición es sólo la apreciación mental de algún factor de la creación, de alguna ley de la manifestación y de cierto aspecto de la verdad, conocido por el alma, que emana del mundo de las ideas, siendo de la naturaleza de esas energías que producen todo lo conocido y visto. Estas verdades están siempre presentes y esas leyes eternamente activas; pero únicamente a medida que la mente está entrenada y desarrollada, enfocada y abierta, pueden ser reconocidas, posteriormente comprendidas y finalmente adaptadas a las necesidades y demandas del ciclo y de la época. Siempre han existido quienes entrenaron su mente en el arte del claro pensar, enfocaron la atención en la consiguiente receptividad de la verdad, pero hasta ahora fueron muy pocos y aparecieron de tarde en tarde. Constituyen  las mentes descollantes de las épocas. En la actualidad son numerosas y aparecen cada vez con mayor frecuencia. Las mentes de la raza están en proceso de entrenamiento, y muchas al borde de un nuevo conocimiento. La intuición, que guía a los pensadores avanzados hacia los nuevos campos del conocimiento, es sólo la vanguardia de esa omnisciencia que caracteriza al alma. La verdad de todas las cosas existe y se la denomina omnisciencia, infalibilidad y "correcto conocimiento" en la filosofía hindú. Cuando el hombre capta un fragmento de ella y la absorbe en la conciencia racial, se lo denomina formulación de una ley o descubrimiento de uno de los procesos de la naturaleza. Hasta ahora esto ha sido una empresa lenta y fragmentaria. Más adelante, y dentro de no mucho tiempo, la luz afluirá, la verdad será revelada y la raza tomará posesión de su herencia ‑la del alma.

 

En algunas de nuestras consideraciones deberán forzosamente intervenir las conjeturas. A quienes perciben una visión, vedada a los que carecen del equipo necesario para su captación, se los considera fantasiosos e imaginativos. Cuando muchos la perci­ben, se acepta su posibilidad, pero cuando la humanidad haya despertado y abierto los ojos, ya no se hará hincapié sobre la visión, sino que se afirmará un hecho y se enunciará una ley. Tal ha sido la historia en el pasado y así será el proceso en el futuro.

 

El pasado, desde el punto de vista del hombre común, es esencialmente especulativo; el futuro también, pero el hombre mismo es resultado de ese pasado, y el futuro surgirá de la suma total de sus actuales cualidades y características. Si esto es verdad respecto al individuo, también lo es respecto al género humano como un todo. Esa unidad de la naturaleza que denominamos cuarto reino o reino humano, representa aquello que es producto de su herencia física; sus características son el conjunto de su desarrollo emocional y mental, y su acervo es todo aquello que ha logrado acumular, durante los ciclos en que ha  luchado con su medio ambiente ‑todos los otros reinos de la naturaleza. Por lo tanto, dentro del reino humano existen potencialidades, estados latentes, características y haberes, que el futuro revelará y que a su vez determinan ese futuro.

 

He decidido intencionalmente comenzar con lo indefinido y no reconocido. El alma es aún una cuantidad desconocida. No ocupa un real lugar en las teorías de los investigadores académicos y científicos. No ha sido comprobada, y es considerada aún por los académicos más liberales como una posible hipótesis, pe­ro indemostrable. No es aceptada como una realidad en la con­ciencia de la raza. Sólo dos grupos de personas la aceptan como tal; uno de ellos el crédulo, no evolucionado, infantil, educado en las enseñanzas de cualesquiera de las Escrituras mundiales, es­tando religiosamente inclinado, acepta sin indagar los postulados de la religión, tales como el alma, Dios y la inmortalidad. El otro es ese pequeño grupo de Conocedores de Dios y de la rea­lidad, que se agranda constantemente, que sabe que el alma es un hecho por propia experiencia, pero no puede probar satisfactoriamente su existencia al hombre que acepta únicamente lo que la mente concreta puede captar, analizar, criticar y com­probar.

 

Los ignorantes y los sabios se encuentran en un terreno co­mún, como sucede siempre con los extremos. Entre ellos se hallan los que no son del todo ignorantes ni sabiamente intuitivos. Constituyen la masa de personas cultas que poseen conocimientos pero no comprensión, y aún tienen que aprender a diferenciar entre lo que puede captar la mente razonadora, lo que puede ser percibido por el ojo de la mente y aquello que sólo la mente superior o abstracta, puede formular y conocer. Esto finalmente se fusiona con la intuición, "facultad conocedora" del místico inteligente y práctico que ‑relegando la naturaleza emotiva y afec­tiva al lugar que le corresponde‑ utiliza la mente como punto de enfoque, observando el mundo del alma a través de ese lente.

 

 LOS TRES ASPECTOS DEL HOMBRE

 

Uno de los medios principales por el cual el hombre llega a comprender esa gran totalidad llamada Macrocosmos ‑Dios, actuando mediante un sistema solar‑ es comprender por sí mis­mo el mandato délfico "Hombre, conócete a ti mismo", anunciado inspirado, destinado a dar al hombre la clave del misterio de la deidad. Mediante la Ley de Analogía o Correspondencia, los procesos cósmicos y la naturaleza de los principios cósmicos se manifiestan en las funciones, estructura y características de un ser humano. Están expuestos pero no explicados ni detallados. Sirven únicamente para dirigir al hombre por el sendero en el cual podrá descubrir y observar futuros signos e indicaciones más definidas.

La comprensión de esa triplicidad espíritu, alma y cuerpo, está más allá del alcance del hombre, pero puede tenerse una idea de su relación y función coordinada y general, si se lo considera desde el punto de vista físico y de su funcionamiento objetivo.

 

Tres aspectos del organismo del hombre son símbolos, y sólo símbolos de los tres aspectos del ser.

 

1. La energía o principio activador, que se retira misteriosamente en el momento de la muerte, y parcialmente durante las horas del sueño o de inconsciencia, y parece utilizar el cerebro como asiento principal de actividad, dirigiendo desde allí el funcionamiento del organismo. Esta energía tiene relación directa y primordial con las tres partes del organismo denominados cerebro, corazón y aparato respiratorio símbolo microcósmico del espíritu.

 

2. El sistema nervioso, con su complejidad de nervios, centros nerviosos y multiplicidad de partes interrelacionadas y sensibles, sirve para coordinar el organismo, producir la respuesta sensible entre los numerosos órganos y partes que lo constitu­yen, y también para hacer al hombre consciente y sensible de su medio ambiente. Este mecanismo sensorio produce la percep­ción organizada y la sensibilidad coordinada en el ser humano; primero, dentro de sí mismo como unidad, y segundo, como res­puesta y reacción sensible al mundo en el que desempeña su parte. Esta estructura nerviosa que coordina, correlaciona y pro­duce actividad grupal externa e interna, se manifiesta principal­mente a través de tres partes del sistema nervioso:

 

a.     Sistema cerebro‑espinal.

b.     Sistema sensorio‑nervioso.

c.     Sistema periférico‑nervioso.

 

 Está íntimamente relacionado con el aspecto energía, y es el mecanismo utilizado por esa energía para vitalizar el cuerpo, pro­ducir su actividad y funcionamiento coordinados y lograr una rela­ción inteligente con el mundo en el cual debe desempeñar su par­te. Está detrás, si puedo utilizar tal expresión, de la naturaleza cor­pórea propiamente dicha y de la masa de carne, hueso y músculo, motivada y controlada a su vez por dos factores:

 

a.     La suma total de energía que es la cuota individual de energía vital.

b.     La energía del medio ambiente donde se encuentra el in­dividuo, en el cual tiene que actuar y desempeñar su parte.

 

Este sistema nervioso coordinador, esta red de nervios inter­relacionados y sensibles, es el símbolo del alma del hombre y la forma externa y visible de una realidad espiritual interna.

 

3. Finalmente, existe lo que puede describirse como el cuer­po, conjunto de carne, músculo y hueso, que el hombre lleva con­sigo, interrelacionado por el sistema nervioso y energetizado por lo que llamamos vagamente su "vida".

 

En estos tres, la vida, el sistema nervioso y el conjunto cor­póreo, hallamos el reflejo y símbolo de la totalidad mayor; me­diante un estudio detenido y la comprensión de sus funciones y relación grupal, podemos llegar a comprender algunas de las leyes y principios que dirigen las actividades de "Dios en la na­turaleza" ‑frase sublimemente veraz y finitamente falsa.

 

Los tres aspectos de la divinidad, o la energía central o espíritu, la fuerza coordinadora o alma, y aquello que ambas uti­lizan y unifican, constituyen en realidad un principio vital, que se manifiesta en la diversidad. Estos son los Tres en Uno, el Uno en Tres, Dios en la naturaleza y la naturaleza misma en Dios.

 

Como ilustración y extendiendo el concepto a otros sectores del pensamiento, esta trinidad de aspectos puede verse funcio­nando como enseñanzas esotéricas, en el mundo de las religio­nes, en la simbología y doctrinas fundamentales de las grandes religiones mundiales y en las organizaciones exotéricas; en el gobierno constituye la suma total de la voluntad del pueblo, cualesquiera sean las leyes promulgadas y la administración exotérica; en la educación es la voluntad de aprender las artes y las ciencias y los grandes sistemas educativos exotéricos; en la filosofía es el impulso hacia la sabiduría, las escuelas in­terrelacionadas de pensamiento y la presentación externa de las enseñanzas. En esta forma esta eterna triplicidad subsiste en to­dos los sectores del mundo manifestado, ya sea considerada como lo tangible o lo sensible y coherente, o como aquello que energetiza. A esa actividad inteligente se la ha denominado torpemen­te "percepción"; constituye la capacidad de percibir implicando así una respuesta sensible al medio ambiente y el mecanismo de esa respuesta, la divina dualidad del alma; finalmente, es la suma total de aquello con que se ha hecho contacto y se conoce, y lo que el mecanismo sensible  llega a percibir. Como veremos más adelante, es la comprensión que aumenta en forma gradual, pasando continuamente a reinos más esotéricos e internos.

 

Estos tres aspectos se perciben en el hombre, divina uni­dad de la vida. Primero, los reconoce en sí mismo; luego los ve en todas las formas de su medio ambiente, y finalmente aprende a relacionar estos aspectos de sí mismo con análogos aspectos en otras formas de manifestación divina. La relación correcta entre las formas dará como resultado la armonización y el correcto ajuste de la vida en el plano físico. La debida respuesta al me­dio ambiente dará por resultado la correcta relación con el as­pecto alma, oculto en todas las formas, y producirá correctas relaciones entre las distintas partes de la estructura nerviosa in­terna, existente en todos los reinos de la naturaleza subhumana y superhumana. Esto es prácticamente desconocido, pero está siendo rápidamente reconocido; cuando llegue a ser comprobado y comprendido, se descubrirá que en ello reside el fundamento de la hermandad y de la unidad. Así como el hígado, el corazón, los pulmones, el estómago y otros órganos del cuerpo, funcio­nan y existen independientemente y, sin embargo están unidos y conectados en el cuerpo, mediante el sistema nervioso, así se descubrirá que tanto los organismos como los reinos de la natu­raleza tienen su vida y funciones independientes, y no obstante están coordinados y correlacionados por un amplio y complicado sistema sensorio, denominado a veces el alma de todas las cosas, el anima mundi, la conciencia subyacente.

 

Cuando tratamos de las triplicidades, tales como espíritu‑al­ma‑cuerpo, vida‑conciencia‑forma, empleadas con tanta frecuen­cia al hablar de la deidad, es de valor recordar que se refieren a diferenciaciones de la vida una, y cuanto mayor número de es­tas triplicidades conozcamos, en mayor armonía estaremos con un grupo cada vez más amplio. Pero cuando nos ocupamos de co­sas ocultas y subjetivas, y el tema sobre el cual se escribe trata sobre lo indefinible, entonces se tropieza con dificultades. No es difícil describir la apariencia personal de un hombre, su ropaje, forma y cosas de las cuales está rodeado. El lenguaje es suficien­temente amplio para definir lo concreto y el mundo de la forma. Pero cuando se trata de dar una idea de su cualidad, carácter y naturaleza, encaramos inmediatamente el problema de lo desco­nocido, esa zona indefinible e invisible que presentimos, pero que en un sentido más amplio permanece sin revelar, y hasta incom­prendida por el hombre mismo. ¿Cómo describirlo entonces me­diante el lenguaje?

 

Si eso es así respecto al hombre, ¿cuánto mayor, será la difi­cultad para expresar con palabras esa inexpresable totalidad de la cual se considera que los términos espíritu, alma y cuerpo, son las diferenciaciones principales? ¿Cómo definiremos esa indefinible vida que los hombres, para mayor comprensión, han limitado y separado en una triplicidad de aspectos o personas, dando al todo el nombre de Dios?

 

No obstante, cuando la trinidad en que diferenciamos a Dios se emplee universalmente y durante épocas, y cuando todos los pueblos ‑antiguos y modernos‑ empleen la misma triplicidad de ideas para expresar el conocimiento intuitivo, entonces se justificará su empleo. Quizás algún día podamos pensar y expresar la verdad en forma diferente, pero para el pensador común de hoy los términos espíritu, alma y cuerpo, representan el cúmulo de la manifestación divina, tanto en la deidad del universo como en esa divinidad menor, el hombre mismo. Dado que este tratado está destinado al ser humano pensador y no a los teólogos cristalizados ni a los científicos que prefieren las teorías, utilizaremos la acostumbrada terminología y trataremos de comprender qué fundamento han tenido las frases con que el hombre ha tratado de explicar a Dios Mismo:

 

"Dios es espíritu, y quienes Lo adoran deben adorarlo en es­píritu y en verdad", afirma una de las Escrituras del mundo. "El hombre se convirtió en un alma viviente", dice en otro lugar la misma Escritura. "Ruego a Dios que vuestro entero espíritu, al­ma y cuerpo, puedan mantenerse intachables", dijo un gran iniciado de la Logia Blanca; y el más grande de todos, presente aún en forma física en la tierra, repitió las palabras de un sabio anterior, cuando dijo: "He dicho que Dioses sois y todos hijos del Altísimo". En estas palabras la triplicidad del hombre, su divi­nidad y relación con la vida en Quien vive, se mueve y tiene su ser, son tratados brevemente desde el punto de vista cristiano, y todas las grandes religiones, en frases análogas, se ocupan de esa relación.

 

a. Espíritu, Vida, Energía.

 

La palabra espíritu se aplica a ese impulso o Vida indefinible, sutil y esencial, causa de toda manifestación. Es el aliento de Vida y esa afluencia rítmica de energía vital, que a su vez se manifiesta como fuerza atractiva, conciencia o alma, siendo la suma total de la sustancia atómica. Es la correspondencia o analogía, en la gran Existencia o Macrocosmos, de lo que en la pequeña existencia o microcosmos, constituye el factor vital inspirador, denominado la vida del hombre; lo indica el aliento en su cuer­po, el cual se abstrae o retira cuando termina el curso de su vida.

 

¿Quién podrá decir qué es este algo? Lo retrotraemos al alma o aspecto conciencia y del alma al espíritu (como llamamos a los tres aspectos del aliento uno), pero en realidad, ¿quién tiene el valor de decir lo que significan estas palabras? Este algo desconocido es denominado con distintos nombres, de acuerdo a nuestra particular escuela de pensamiento; tratamos de expresarlo en palabras y terminamos por llamarlo Espíritu, Vida Una, Mónada, Energía. Recordemos que la comprensión respecto  a esta vida una es puramente relativa. Quienes están sumergidos en el aspecto forma de la existencia piensan en términos de vitalidad física, sensación, impulso o fuerza mental, y no van más allá de esa unificada vida‑conciencia, de la cual lo mencionado son diferenciaciones. Por otra parte quienes se interesan en el acer­camiento metafísico y en la vida del alma, más que en el aspec­to forma, expresan su concepto en términos de manifestación del alma y ‑pasando más allá de las reacciones egoístas perso­nales de la naturaleza corpórea‑ piensan en términos de vida, cualidad, voluntad o poder grupales, de coordinación grupal o amor‑sabiduría, como también de inteligencia o conocimiento gru­pal, abarcando todo con el término genérico de hermandad.

 

Pero aún eso se considera separatista, porque separa en unidades mayores, que lo inferior es incapaz de captar. Por lo tanto, el iniciado, especialmente después de la tercera iniciación, empieza a pensar aún más sintéticamente y a expresar la verdad para sí mismo en términos de Espíritu, Vida, el Uno. Estos términos le indican algo significativo, pero tan apartado del concepto de la humanidad pensante común, que es inútil extenderme más so­bre ello.

 

Esto me ha conducido a un punto que debe ahora ser dilucidado antes de ampliar el tema. En el párrafo anterior y en Tratado sobre Fuego Cósmico se dice, con frecuencia, que en la enseñanza se llega hasta cierto punto y después se desiste, declarando que debido al punto alcanzado en la evolución del hombre común, su reacción a la verdad será distinta de la del discípulo‑estudiante o de la del iniciado. Esto necesariamente debe ser así; cada uno interpreta lo que lee según su estado de conciencia; no todos lo hacen en forma tan avanzada como quienes están en una etapa superior en la escala de evolución. Sin embargo, el lector común pone objeciones al obligársele a reconocer puntos de vista más amplios que los propios, y la frase: "Es inútil extenderme sobre  esto porque sólo sería comprendido por un iniciado", sólo sirve para exasperarlo; tiende a hacerle creer que intenta evadirse y que el escritor (por haberse internado demasiado) procura salvar la situación con una declaración de esta naturaleza. Así como un tratado científico resultaría sin sentido y una mera confusión de palabras para el escolar primario, pero aportaría definición y sentido claros al experto en la materia, debido al entrenamiento y desarrollo mental, del mismo modo existen aquellos para quienes el tema del alma y su naturaleza, de acuerdo a como se trata en una instrucción como ésta, es tan nítido y lúcido como lo es la li­teratura actual para el lector medio y las obras populares para el público en general. De igual modo, aunque en menor número, exis­ten esas almas avanzadas para quienes el espíritu y su natura­leza es también un tema racional y comprensible, que puede ser apreciado y comprendido a través del alma y sus poderes, así como es posible llegar a un entendimiento del alma mediante el uso correcto de la mente. En un nivel completamente inferior, sabemos cuán fácil es comprender la naturaleza del cuerpo físico por el estudio y el correcto empleo de la naturaleza del deseo. Es una especie de orgullo y de no querer reconocer las limitaciones temporarias que despierta en el lector el desagrado por ciertas frases que dicen apropiada y verazmente: "Cuando estén más evo­lucionados comprenderán lo antedicho". Esto debe ser aclarado.

 

Para el Maestro de Sabiduría, la naturaleza del espíritu o ese centro positivo de vida que cada forma oculta, no es más misterioso que la naturaleza del alma para el sicólogo esotérico. La fuente de esa vida una, el plano o estado de donde emana esa vida, es el gran Misterio Oculto para los miembros de la Jerar­quía de adeptos. Para los iniciados superiores al tercer grado, el estudio y tema de sus investigaciones es la naturaleza del espí­ritu, su cualidad y tipo de energía cósmica, su grado de vibración y sus diferenciaciones cósmicas y básicas. Así  obtienen en ese estudio una intuición bien desarrollada, unida a esa capacidad mental interpretativa que han desarrollado en su ciclo de en­carnación. Emplean la luz interna ya despierta y desarrollada de sus almas para interpretar y comprender esa vida que (separa­da del mundo de las formas) persiste en los niveles superiores de la conciencia y penetra en nuestro sistema solar desde algún centro externo del ser. Irradian esa luz (que existe en ellos y que manipulan y utilizan) en dos direcciones, debido a que se encuentran en ese estado intermedio, actuando preferentemente en el plano de la intuición o búdico. Vierten esa luz en el mundo de la forma y conocen todas las cosas, interpretándolas correc­tamente; irradian esa luz en los reinos amorfos de los tres planos superiores (sin forma desde el punto de vista del hombre en los tres mundos inferiores al plano intuitivo) y tratan de com­prender por el crecimiento expansivo y constante, la naturaleza y el propósito de lo que no es ni cuerpo ni alma, ni fuerza ni materia, pero la causa de ambos en el universo.

 

Oportunamente, cuando el iniciado ha pasado por las inicia­ciones solares superiores y puede actuar en la conciencia total de la mónada, entonces es posible percibir aquello que hasta está disociado de la forma grupal y de esas envolturas nebulosas que velan y ocultan al Uno. Los tipos más elevados de concien­cia actúan desde el plano de la mónada, así como el iniciado de grado inferior actúa desde el plano del alma y utiliza los órga­nos de percepción (si esta frase tan poco convincente es permiti­da) y los medios de conocimiento sobre los cuales el hombre común no tiene idea alguna; penetran o incluyen dentro de su radio de comprensión esa totalidad de vida, conciencia y forma, de­nominada Dios. Estos iniciados de alto grado comienzan a per­cibir una vibración, una luz reveladora, una nota o sonido, que indica la dirección que emana totalmente desde fuera de nuestro sistema solar. La única forma para poder apreciar el proceso se­guido en la expansión de la divina conciencia del hombre, es estudiar la relación de la mente y el cerebro, y observar lo que ocurre cuando el cerebro se convierte en instrumento inteligente de la mente; luego estudiar la relación del alma con la mente, y lo que acontece cuando el hombre es dirigido por el alma y uti­liza la mente para controlar las actividades del plano físico me­diante el cerebro. En los tres ‑alma, mente y cerebro‑ tenemos la analogía y la clave para la comprensión del espíritu, el alma y el cuerpo, y sus funciones mutuas. Éste fue el tema del libro La Luz del Alma. Después de haber perfeccionado las condicio­nes a las cuales se refiere ese libro, sobreviene otra expansión, cuando el aspecto espíritu, la fuente emanante de la energía del hombre, comienza a emplear el alma (vía la intuición) y a plasmar en la conciencia del alma estas leyes, conocimientos, fuerzas e inspiraciones, que harán del alma el instrumento del espíritu o mónada, así como el hombre individual en la primera etapa se convirtió (por medio de la mente) en instrumento del alma. En dicha etapa el desarrollo fue dual. A medida que el alma asumió control, por intermedio de la mente, el cerebro respondió al alma. El hombre fue despertando a fin de conocerse a sí mismo, tal como realmente era, y a los tres mundos de su evolución normal; más tarde llegó a ser consciente del grupo y ya no era un individuo separado. A medida que el alma va quedando bajo el dominio del espíritu, pueden verse dos etapas análogas.

 

Primero, el discípulo llega a ser consciente no sólo de su grupo y otros grupos afines, sino que su conciencia se expande hasta lo que podría denominarse conciencia planetaria.

Segundo, empieza a fusionar esa percepción planetaria en algo más sintético, y paulatinamente desarrolla la conciencia de esa vida más grande,  que incluye la vida planetaria, así como el hombre incluye en su manifestación física a organismos vivientes tales como el corazón o el cerebro. Cuando esto tiene lugar, empieza a comprender el significado del espíri­tu, la vida una que está detrás de todas las formas, la energía central, causa de toda manifestación.

 

La primera reacción del estudiante común al leer lo antedicho es pensar inmediatamente que la naturaleza corporal expresa cualquier tipo de energía. Así la dualidad es la cosa observada, y aquello que utiliza la cosa, presente en su mente. Sin embargo, una de las principales necesidades que actualmente enfrentan los aspirantes esotéricos, es tratar de pensar en términos de la realidad que es la energía misma y nada más. Por lo tanto, es de valor recalcar en la dilucidación de este complicado tema, el hecho de que el espíritu y la energía son términos sinónimos e intercambiables. únicamente comprendiendo esto podemos reconciliar la ciencia con la religión y llegar a una verdadera captación del mundo de los fenómenos activos que nos rodean y en el cual nos movemos.

 

Los términos orgánico e inorgánico son grandemente responsables de tanta confusión, y también de las bien definidas diferenciaciones que existen en las mentes de muchas personas, entre cuerpo y espíritu, vida y forma, lo cual ha conducido a no admitir la naturaleza esencial e idéntica de ambos. El mundo en que vivimos es considerado por la mayoría como realmente sólido y tangible, que posee sin embargo algún poder misterioso oculto en él, y que engendra movimiento, actividad y cambio. Esto lógicamente está expresado en forma burda, pero es suficiente para resumir tal ignorante actitud.

 

El científico ortodoxo se ocupa generalmente de las estructuras y relaciones, de la composición de las formas, de la actividad de las partes que componen la forma y de sus interrelaciones y dependencias.  Son tema de sus investigaciones los productos y elementos químicos y las funciones y partes que desempeñan, y también su mutua interacción al constituir todas las formas en todos los reinos de la naturaleza. La naturaleza del átomo, de la molécula y de la célula, sus funciones, las cualidades de sus manifestaciones de fuerza y los distintos tipos de actividad, y la solución del problema respecto al carácter y naturaleza de las energías ‑enfocadas y localizadas en las diferentes formas del mundo natural o material‑ reclaman la consideración de las mentes más capacitadas del mundo del pensamiento. No obstante, las preguntas ¿qué es la Vida?, ¿qué es la Energía?, ¿cuál es el proceso de llegar a Ser y cuál es la naturaleza del Ser?, quedan sin respuesta. El problema de por qué y cuál es la causa, se considera infructuoso, especulativo y casi insoluble.

 

No obstante, mediante la razón pura y el correcto funciona­miento de la intuición, pueden ser resueltos estos problemas y responderse a tales preguntas. Su solución es una de las revelaciones y realizaciones comunes de la iniciación. Los únicos biólogos verdaderos son los iniciados en los misterios, porque tienen comprensión de la vida y de su propósito y se hallan tan identificados con el principio vida, que piensan y hablan en términos de energía y sus efectos; todas sus actividades, en conexión con la obra de la Jerarquía planetaria, se basan en unas pocas fórmulas fundamentales que se refieren a la vida a medida que ésta se hace sentir a través de sus tres diferenciaciones o aspectos: ener­gía, fuerza, materia.

 

Se debería observar aquí que sólo cuando el hombre se comprende a sí mismo, puede llegar a comprender el summum denominado Dios. Ésta es una verdad familiar y esotérica, pero si se la practica conduce a una revelación, lo cual hace que el actual "Dios Desconocido" sea una realidad conocida. Permítanme ilustrar.

 

El hombre se conoce a sí mismo como un ser viviente y llama muerte a ese misterioso proceso por el cual  se retira ese algo que califica comúnmente como aliento de vida. Al retirarse, la forma se desintegra. La fuerza cohesiva y vitalizadora ha desaparecido y se disuelve en sus elementos esenciales aquello que hasta ahora ha sido considerado como el cuerpo.

 

Este principio vida, esta esencialidad básica del Ser y este factor misterioso y evasivo, es la analogía en el hombre de eso que llamamos espíritu o vida, en el macrocosmos. Así como la vida en el hombre mantiene unida, anima, vitaliza e impulsa la forma a la actividad y lo hace un ser viviente, así la vida de Dios ‑como la llama el cristiano‑ lleva a cabo idéntico propó­sito en el universo y produce ese conjunto coherente, viviente y vital, llamado sistema solar.

 

Este principio Vida se manifiesta en el hombre en forma triple:

 

1. Como voluntad orientadora, propósito e incentivo bá­sico. Es la energía dinámica que pone en acción a su ser, lo trae a la existencia, fija el término de su vida, lo lleva a través de un largo o corto período de años y se retira al finalizar su ci­clo de vida. Este espíritu del hombre se manifiesta como vo­luntad de vivir, de ser, de actuar, de crecer y de evolucionar. En su aspecto inferior actúa a través del cuerpo o naturaleza mental, y en conexión con el físico denso se hace sentir mediante el cerebro.

 

2. Como fuerza coherente. Es esa cualidad esencial y sig­nificativa que hace a cada hombre diferente, produce esa compleja manifestación de disposiciones, deseos, cualidades, complejos, inhibiciones, sentimientos y características, que dan origen a la sicología peculiar del hombre. Es el resultado de la interacción entre el aspecto espíritu o energía, y la ma­teria o naturaleza corpórea. Es el característico hombre sub­jetivo, su colorido o nota individual; es lo que establece la  actividad vibratoria de su cuerpo; produce un tipo particular de forma, y es responsable de la condición y naturaleza de sus órganos, glándulas y aspecto externo. Es el alma y ‑en su aspecto inferior‑ se lo puede ver actuando a través de la naturaleza emocional o astral y, en conexión con el cuerpo físico denso, por medio del corazón.

3. Como actividad de los átomos y células que compo­nen el cuerpo físico. Es la suma total de esas diminutas vidas, que constituyen los órganos humanos que forman todo el hombre. Tienen vida propia y una conciencia estrictamente individual e identificada. Este aspecto del principio vida ac­túa por medio del cuerpo etérico o vital y, en conexión con el mecanismo sólido de la forma tangible, a través del bazo.

 

Por lo tanto, recordemos que no es posible dar una defini­ción del espíritu como tampoco de Dios. Cuando se dice que el espíritu es la causa inexpresable e indefinible, la energía ema­nante, la vida una, la fuente del ser, la totalidad de todas las fuerzas, de todos los estados de conciencia y de todas las formas, el conglomerado de vida y aquello que está activamente mani­festado en esa vida, el yo y el no‑yo, la fuerza, y todo lo que la fuerza motiva, en realidad estamos eludiendo el problema, pre­tendiendo hacerlo imposible y ocultando la verdad detrás de un torrente de palabras. Sin embargo, esto es inevitable hasta el momento en que la conciencia del alma es alcanzada y conocida, y el Uno sin forma percibido a través de la clara luz de la in­tuición.

 

Una de las primeras lecciones a aprender es que nuestra mente, por no responder aún a las intuiciones ocultas, no pue­de asegurar si ésta, aquella o tal condición son así; que hasta no actuar en nuestra conciencia del alma, es imposible decir lo que es o lo que no es y ‑hasta no habernos sometido al en­trenamiento necesario- no estaremos en condiciones de ne­gar o afirmar nada. Deberíamos adoptar una actitud de inves­tigación razonable, pues nuestro interés debiera ser el del  filósofo investigador, dispuesto a aceptar una hipótesis basada en su posibilidad, pero resuelto a no reconocer nada que no sea una verdad comprobada, conocida por nosotros y en nosotros mismos. Yo, aspirante a los misterios superiores, que los he investigado durante un período más largo de lo que ha sido posible para mu­chos, puedo escribir sobre cosas que hasta ahora fue imposible demostrar a ustedes o al lector de estas instrucciones. Para mí pueden ser y son verdades y hechos comprobados, y eso me es suficiente. Ustedes deberían considerarlas como indicaciones y posibilidades significativas, respecto a la dirección en que se podría buscar la verdad, pero más allá de ese punto no deberían ir. En el conjunto de estas instrucciones reside su valor y lo descubriremos en la estructura o armazón subyacente en las afir­maciones coordinadas y correlacionadas que deben ser conside­radas en su totalidad y no en forma detallada, y por dos razones:

 

1. El lenguaje, como se dijo anteriormente, no revela la verdad, la oculta. Si se reconoce la verdad, es porque el es­tudiante investigador ha descubierto un punto de verdad en sí mismo que sirve para iluminar sus pasos a medida que avanza lenta y gradualmente.

 

2. Hay muchos tipos de mentes y no puede esperarse que los datos suministrados en este tratado, por ejemplo, sean de interés general. Debe tenerse presente que todas las personas son unidades de conciencia, exhaladas de una de las siete emanaciones de Dios. Por consiguiente, hasta sus mónadas, o aspecto espiritual, son inherentemente distintas, de la misma manera que en el prisma (que es una unidad) existen los siete colores diferenciados. Aún esto es así debido a la natura­leza y punto de vista y al mecanismo de percepción del hom­bre, cuyo ojo registra y diferencia los variados grados de luz vibratoria. Estos siete grupos subsidiarios producen a su vez variedad de perspectiva, mentalidad y acercamiento, que va­rían, aunque son igualmente correctos, pero presentan todos un ángulo de visión levemente diferente. Cuando a la com­prensión de esto se unen factores como ser las diferentes eta­pas de evolución, las distintas nacionalidades y característi­cas, las diferencias inherentes, producidas por medio de la interacción entre el cuerpo físico implicado y el medio am­biente, será evidente que ningún acercamiento a temas tan complejos como la naturaleza del espíritu y el alma, podrán tener una definición general ni se someterán a una termino­logía universal.

 

b. El Alma, el Mediador o Principio medio.

     

Existen dos ángulos o puntos de vista, desde donde se debe comprender la naturaleza del alma: uno, es el aspecto del alma  en relación al cuarto reino de la naturaleza, es decir, el humano; el otro, es el de los reinos subhumanos, los cuales, como se re­cordará, son reflejo de los tres superiores.

 

Debería recordarse que el alma de la materia, el ánima mun­di, es el factor sensible en la sustancia misma. La respuesta de la materia en todo el universo, y esa facultad innata en todas las formas, desde el átomo físico hasta el sistema solar astronó­mico, produce la innegable actividad inteligente que todas las cosas manifiestan. Se la puede denominar energía atractiva, co­herencia, sensibilidad, vivencia, percepción o conciencia, pero quizás más iluminador sería decir que el alma es la cualidad manifestada por todas las formas. Es ese algo sutil que diferencia un elemento de otro, un mineral de otro. Es la intangible natu­raleza esencial de la forma, que en el reino vegetal determina si germinará una rosa o una coliflor, un olmo o un berro; es ese tipo de energía que diferencia la variadas especies del reino ani­mal y hace que un hombre sea distinto de otro en aspecto, naturaleza y carácter. El científico ha clasificado, investigado y ana­lizado las formas; se han seleccionado y adjudicado nombres a los elementos, a los minerales, a las formas de vida vegetal y a las distintas especies de animales; se ha estudiado la estructura de las formas y la historia de su progreso evolutivo y se han hecho deducciones y llegado a conclusiones, pero la solución del problema de la vida misma, escapa aún al más sabio, y hasta que la comprensión de la "trama de la vida" o cuerpo de vitalidad, que fundamenta toda forma y vincula a cada parte de una for­ma con todas las demás, no sea conocida y reconocida como rea­lidad en la naturaleza, el problema quedará insoluble.

 

Quizás sea algo más factible definir al alma que definir al espíritu, porque muchas personas, habiendo experimentado al­guna vez la iluminación, cierto desenvolvimiento, elevación y beatitud, se han convencido de la existencia de un nivel de con­ciencia tan alejado de lo común, que los lleva a un nuevo estado del ser y a un nuevo nivel de conciencia. Es algo que se siente y se experimenta, e involucra esa expansión síquica que ha re­gistrado el místico a través de las épocas, a la que se refirió San Pablo cuando dijo que fue "arrebatado hasta el tercer cielo" y que oyó cosas que no es lícito que un hombre las pronuncie. Cuando el oído y la vista registran experiencias en esos niveles, tenemos entonces al ocultista más el místico.

 

1. El alma, macrocósmica y microcósmica, universal y humana, es esa entidad que viene a la existencia cuando los aspectos es­píritu y materia se relacionan mutuamente.  Por lo tanto:

 

a.     El alma no es ni espíritu ni materia, sino que relaciona a ambos.

b.    El alma es la intermediaria de esta dualidad; constituye el principio medio, el vínculo entre Dios y Su forma.

c.     El alma es, por consiguiente, otro nombre para el principio crístico, ya sea en la naturaleza o en el hombre.

 

2. El alma es la fuerza atractiva del universo creado y (cuan­do actúa) mantiene todas las formas unidas de tal modo que, a través de ellas, la vida de Dios puede manifestarse o expresarse. En consecuencia:

 

a.     El alma es el aspecto constructor de formas y el factor atractivo de todas las formas del universo, del planeta, de los reinos de la naturaleza y del hombre (que reúne en sí todos los aspectos); trae la forma a la existencia; le permite desarrollarse y crecer a fin de albergar más adecuadamente la vida inmanente; impele adelante a todas las criaturas de Dios en el sendero de la evolución, a través de un reino tras otro, hacia una meta final y una gloriosa consumación.

b.    El alma es la fuerza de la evolución misma y esto esta­ba presente en la mente de San Pablo cuando habló de "Cristo en vosotros, esperanza es de gloria".

 

3. El alma se manifiesta de diferentes maneras en los varia­dos reinos de la naturaleza, pero su función es siempre la misma, ya se trate de un átomo de sustancia y del poder que posee para mantener su identidad y forma y llevar a cabo su correspon­diente actividad, o una forma en cualesquiera de los tres reinos de la naturaleza, mantenida en coherencia, manifestando sus ca­racterísticas, llevando su propia vida instintiva y trabajando en conjunto hacia algo más elevado y mejor.  Por lo tanto, el alma:

 

a.    Proporciona las marcadas características y las diversas manifestaciones de la forma.

b.   Actúa sobre la materia, obligándola a asumir ciertos contornos, a responder a ciertas vibraciones y a construir esas formas fenoménicas específicas que en el mundo del plano físico reconocemos como mineral, vegetal, animal y humano ‑y para el iniciado también existen otras formas.

 

4. Las cualidades, vibraciones, colores y características de todos los reinos de la naturaleza, son cualidades del alma, como lo son los poderes latentes en determinada forma, que tratan de expresarse y demostrar potencialidad. Al terminar el período evolutivo, todas éstas revelarán la naturaleza de la vida divina y del alma del mundo ‑esa superalma que está revelando el carácter de Dios. Por lo tanto:

 

a.     El alma, mediante estas cualidades y características, se manifiesta como consciente respuesta a la materia, pues las cualidades se producen por medio de la interacción de los pares de opuestos, espíritu y materia, y su mutuo efecto. Ésta es la base de la conciencia.

b.    El alma es el factor consciente en todas las formas, la fuente de esa percepción que registran todas las formas y esa respuesta a las condiciones grupales circundantes que demues­tran las formas en todos los reinos de la naturaleza.

c.     Se puede definir al alma como ese aspecto significativo en cada forma (creado por la unión de espíritu y materia) que siente, registra percepción, atrae y repele, responde o no, y mantiene a todas las formas en una constante actividad vi­bratoria.

d.    El alma es el ente perceptor, producido por la unión Padre‑Espíritu y Madre‑Materia. Es lo que en el mundo vegetal, por ejemplo, responde a los rayos solares y provoca la apertura del capullo; en el reino animal permite al animal amar a su amo, cazar su presa y llevar su vida instintiva, y hace consciente al hombre de su medio ambiente y de su grupo, permitiéndole vivir su vida en los tres mundos de su evolución normal como espectador, perceptor y actor. Eventualmente lo capacita, en su oportunidad, para descubrir que su alma es dual, y una parte de sí mismo responde al alma animal y la otra reconoce a su alma divina. Sin embargo, en la actualidad, muchos no funcionan plenamente como puramente animales ni estrictamente divinos, pero pueden ser considerados como que son almas humanas.

 

5. Para mayor claridad, el alma del universo puede ser dife­renciada o, mejor dicho, reconocida (debido a las limitaciones de la forma mediante la cual tiene que actuar dicha alma) ba­jo diferentes grados de vibración y etapas de desarrollo. Por lo tanto, la naturaleza del alma en el universo se manifiesta en cier­tos grandes estados de conciencia, con muchas condiciones inter­medias, de las cuales se pueden enumerar las más importantes, que son:

 

a.     Conciencia, o ese estado de percepción de la materia misma, debido al hecho que la Madre‑Materia ha sido fecun­dada por el Padre‑Espíritu y así la vida y la materia se han unido. Este tipo de conciencia concierne al átomo, a la mo­lécula y a la célula, con los cuales están construidas todas las formas. Así se produce la forma del sistema solar, de un planeta y de todo lo que se encuentra sobre o dentro de él.

b.    Conciencia sensoria inteligente, es decir, la evidenciada en los reinos mineral y vegetal. Es responsable de la cua­lidad, forma y colorido, de las formas vegetales y minerales y de sus naturalezas específicas.

c.     Conciencia animal, la percepción  de la respuesta del alma de todas las formas del reino animal. Produce sus ca­racterísticas, especies y naturaleza.

d.    La conciencia humana o autoconciencia, hacia la cual se ha dirigido paulatinamente el desarrollo de la vida, de la forma y de la percepción, en los otros tres reinos. Este tér­mino concierne a la conciencia individual del hombre, que en las primeras etapas es más animal que divina, debido al predominio del cuerpo animal con sus instintos y tendencias. H. P. B. define al hombre con exactitud como "un animal más un Dios". Posteriormente, él es más estrictamente humano, pues no es ni esencialmente animal ni totalmente divino, si­no que fluctúa entre las dos etapas, convirtiendo así al reino humano en el gran campo de batalla entre los pares de opuestos, entre el impulso y la atracción del espíritu y la seducción de la materia o madre‑naturaleza, y entre lo que se denomina el yo inferior y el hombre espiritual.

e.     Conciencia grupal, es la conciencia de las grandes su­mas o totalidades, alcanzada por el hombre, desarrollando an­te todo su conciencia individual, summum de las vidas de sus naturalezas animal, emocional y mental, además de la chispa de divinidad que mora dentro de la forma que aquellas producen. Luego viene la percepción de su grupo, especificado en ese grupo de discípulos que trabaja dirigido por algún Maestro, y que para él representa la Jerarquía. La Jerarquía puede ser definida como la totalidad de los hijos de los hombres que ya no están centrados en la autoconciencia individualizada, sino que han entrado en una comprensión más amplia, la de la vida planetaria grupal. Hay etapas en esta comprensión, que van desde ese ínfimo reconocimiento grupal del discípulo en probación, hasta la plena percepción grupal de la vida en Quien todas las formas tienen su ser, la conciencia del Logos planetario, ese "Espíritu ante el Tro­no", manifestándose a través de la forma de un planeta,  así como el hombre se manifiesta por medio de su forma en el reino humano.

 

Al alma, por lo tanto, podría considerársela como sensibi­lidad unida y percepción relativa, de lo que está detrás de la forma de un planeta y de un sistema solar, los cuales constituyen la suma total de las formas, orgánicas o inorgánicas, según las diferencia el materialista. El alma, aunque constituye una gran  totalidad, está sin embargo limitada en su expresión por la na­turaleza y la cualidad de la forma en que reside y, en consecuencia, hay formas que responden y expresan altamente al alma y otras que ‑debido a su densidad y a la cualidad de los átomos que las componen‑ son incapaces de reconocer los aspectos superiores del alma o expresar algo más que su vibración, tono o color inferio­res. Lo infinitamente pequeño es reconocido, lo infinitamente vas­to se supone, pero será considerado como un concepto hasta el momento en que la conciencia del hombre sea incluyente además de excluyente. Este concepto será comprendido cuando se haga contacto con el segundo aspecto, y los hombres comprendan la naturaleza del alma. Debe recordarse también que así como la tri­plicidad básica de la manifestación se expresó simbólicamente en el hombre como su cuota de energía (energía física), su sistema nervioso y su conjunto corpóreo, así también el alma puede ser conocida como una triplicidad, analogía superior de lo inferior.

 

En primer lugar existe lo que se podría llamar la voluntad espiritual ‑esa cuota de la voluntad universal que puede expresar cualquier alma, siendo adecuada para permitir al hombre es­piritual colaborar con el plan y con el propósito de la gran vida en la que tiene su ser. Existe asimismo la segunda cualidad del alma que es el amor espiritual, cualidad de conciencia grupal, de inclusividad, de mediador, de atracción y de unificación. Ésta es la característica preponderante del alma, y sólo ella la posee co­mo factor dinámico. El espíritu o mónada, es principalmente la expresión de la voluntad, teniendo el amor y la inteligencia como principios secundarios; la naturaleza corporal, la personalidad, se distingue predominantemente por la inteligencia; pero el alma tiene, en forma destacada, la cualidad de amor que se manifies­ta además como sabiduría cuando la inteligencia de la naturaleza corporal está fusionada con el amor del alma. La siguiente clasifi­cación aclarará este concepto.

 

Mónada.......................................... Voluntad............................................................. Propósito

 

1er.   Aspecto.....Voluntad, que permite a la mónada participar en el propósito                       universal.

 

2do.   Aspecto.....Amor, energía vertida en el alma, que la convierte en lo que es.

 

3er.   Aspecto.....Inteligencia, trasmitida vía el alma y llevada a la mani­festación por     intermedio del cuerpo.

 

Alma.............................................. Amor............................................................. Método

 

1er. Aspecto.....Voluntad, mantenida en pasividad, pero expresada me­diante el                 aspecto mental de la personalidad y del kundalini, que al ser               despertado correctamente, posibilita las iniciaciones finales en la      conciencia de la mónada.

2do. Aspecto.....Amor, fuerza dominante de la vida del alma; mediante su posesión      y tipo de energía, el alma puede estar en relación con todas           las almas. Por medio del cuerpo emo­cional ella puede estar en       contacto con todas las almas animales o subhumanas, a través de     su   actuación en su propio plano, con las almas en meditación de   todos los hombres, y por intermedio del principio budi, con el          segundo     aspecto de la mónada.

3er.   Aspecto.....Conocimiento. Este aspecto es puesto en contacto con la                     inteligencia de todas las células en el triple mecanismo corpóreo.

 

Un detenido estudio de lo que antecede, evidencia la actua­ción del alma como mediadora entre la mónada y la personalidad.

 

La personalidad oculta en sí misma, como un estuche la joya, ese punto de luz del alma llamada la luz en la cabeza. Se halla dentro del cerebro, y sólo se descubre y más tarde se utiliza, cuan­do el aspecto superior de la personalidad, la mente, está desarro­llado y activo. Entonces tiene lugar la unión de la mente con el alma, actuando ésta a través de la naturaleza personal inferior.

 

El alma oculta dentro de sí, como la "joya en el loto" ese don de energía dinámica atributo manifestado de la mónada, la vo­luntad. Cuando el alma haya desarrollado todos sus poderes y aprendido a incluir dentro de su conciencia todo lo comprendido en "las miríadas de formas que adopta el Ser" entonces es posible a su vez un estado superior o más incluyente, y la vida del alma será reemplazada por la vida monádica. Esto implica la capa­cidad de conocer, de amar y de participar en los planes de una vida que tiene el poder de incluir en su radio de conciencia, no sólo la suma total de las vidas y conciencia de la vida del Logos de nuestro planeta, sino todas las vidas y conciencias dentro de nuestro sistema solar. La naturaleza de esta percepción sólo la puede comprender el hombre que ha llegado al conocimiento del alma. En esta época hay gran necesidad de expertos en la vida del alma y de grupos de hombres y mujeres que, al emprender el gran experimento y la gran transición, agreguen su testimonio a la verdad de las afirmaciones de los místicos y ocultistas de todos los tiempos.

 

c. El Cuerpo, la Apariencia fenoménica.

 

No es necesario extendernos mucho sobre esto, pues la na­turaleza corporal y aspecto forma han sido el objeto de investi­gación y el tema de reflexión y discusión de los pensadores du­rante muchos siglos. Gran parte de sus conclusiones son básica­mente correctas. El investigador moderno admitirá la Ley de Analogía como base de sus premisas y reconocerá a veces que la teoría hermética "como arriba, es abajo" puede arrojar mu­cha luz a los problemas actuales. Los siguientes postulados po­drán servir para aclarar esto:

 

    1.      El hombre, en su naturaleza corporal, es una suma total, una unidad.

    2.      Esta suma total se subdivide en muchas partes y orga­nismos.

    3.      Sin embargo, estas múltiples subdivisiones funcionan de modo unificado y el cuerpo es una totalidad correlacionada.

    4.      Cada una de sus partes difiere en forma y función, pe­ro todas son interdependientes.

    5.      Cada parte y organismo están a su vez compuestos de mo­léculas, células y átomos, manteniéndose unidos en forma de un organismo, por la vida de la totalidad.

    6.      La suma total llamada hombre se divide aproximada­mente en cinco partes, unas de mayor importancia que otras, pero todas completando ese organismo viviente de­nominado ser humano.

 

a.     La cabeza.

b.    El torso superior, la parte arriba del diafragma.

c.     El torso inferior, la parte abajo del diafragma.

d.    Los brazos.

e.     Las piernas.

            

    7.      Estos organismos sirven distintos propósitos; de su co­rrecto funcionamiento y debido ajuste, depende el bie­nestar de la totalidad.

    8.      Cada uno tiene vida propia, la suma total de la vida de su estructura atómica, y está también animada por la vida unificada del todo, dirigida desde la cabeza por la voluntad inteligente, o energía del hombre espiritual.

    9.      La parte importante del cuerpo es esa triple división, la cabeza y el torso superior e inferior. El hombre puede funcionar y vivir sin brazos ni piernas.

 10.      Cada una de estas tres partes es también triple en el as­pecto físico, formando así la analogía de las tres partes de la naturaleza del hombre y el nueve de la vida moná­dica perfecta. Hay otros órganos, pero los enumerados tienen significación esotérica de mayor valor que las otras partes.

 

a.     Dentro de la cabeza tenemos:

 

1.   Los cinco ventrículos del cerebro, o lo que po­dríamos denominar el cerebro como organismo unificado.

2.   Las tres glándulas: carótida, pineal y pituitaria.

3.   Los dos ojos.

 

b.    En la parte superior del cuerpo tenemos:

 

1.   La garganta.

2.   Los pulmones.

3.   El corazón.

 

c.     En la parte inferior del cuerpo tenemos:

 

1.    El bazo.

2.    El estómago.

3.    Los órganos sexuales.

 

 11.      La suma total del cuerpo también es triple:

 

a.     La piel y la estructura ósea.

b.    El sistema vascular o sanguíneo.

c.     El triple sistema nervioso.

 

 12.      Cada una de estas triplicidades corresponde a las tres partes de la naturaleza del hombre:

 

a.     La naturaleza física: La piel y la estructura ósea son analogía del cuerpo denso y etérico del hombre.

b.    La naturaleza del alma: Los vasos sanguíneos y el sistema circulatorio son analogías de esa alma que penetra y compenetra todas las partes del sistema solar, así como la sangre llega a todas las partes del cuerpo.

c.     La naturaleza del espíritu: El sistema nervioso, cuan­do energetiza y actúa a través de todo el hombre fí­sico, es la correspondencia de la energía del espíritu.

 

 13.      En la cabeza tenemos la analogía del aspecto espíritu, la voluntad directriz, la mónada, el Uno:

 

a.     El cerebro, con sus cinco ventrículos, es la analogía de la forma física que el espíritu anima en conexión con el hombre, esa quíntuple suma total por la cual el espíritu se expresa en el plano físico.

b.    Las tres glándulas en la cabeza están estrechamen­te relacionadas con el alma, o la naturaleza síquica (superior e inferior).

c.     Los dos ojos equivalen a la mónada en el plano físico, la cual es voluntad y amor‑sabiduría, o atma-­budi, según la terminología ocultista.

 

 14.      La parte superior del cuerpo es la analogía de la triple naturaleza del alma:

 

a.     La garganta, corresponde al tercer aspecto creador o naturaleza corporal, la inteligencia activa del alma.

b.    El corazón, amor‑sabiduría del alma, el principio bú­dico o crístico.

c.     Los pulmones, analogía del aliento de la vida, son la analogía del espíritu.

 

 15.      En el torso inferior tenemos este triple sistema:

 

a.     Los órganos sexuales, el aspecto creador, modelador del cuerpo.

b.    El estómago, como la manifestación física del plexo solar, es la analogía de la naturaleza del alma.

c.     El bazo, el receptor de energía, y por lo tanto la ex­presión en el plano físico del centro que recibe esta energía, es la analogía del espíritu que energetiza.

 

El cuerpo vital es la expresión de la energía del alma y tiene la siguiente función:

 

    1.      Unificar y vincular la suma total de las formas.

 

    2.      Dar a toda forma su cualidad específica, y ello por:

 

El tipo de materia atraída a esa Parte particular de la trama de la vida.

La posición en el cuerpo del Logos planetario, por ejemplo, de cualquier forma específica.

El particular reino de la naturaleza que está siendo vitalizado.

 

    3.      Es el principio de integración y la fuerza cohesiva de la manifestación, en sentido estrictamente físico.

 

    4.      Esta trama de vida es la analogía subjetiva del sistema nervioso, y quienes se inician en las ciencias esotéricas pueden, si recuerdan esto, visualizar una red de nervios y de plexos que se extiende por todo el cuerpo, o la suma total de las formas, que coordinan, conectan y producen la unidad esencial.

    5.      Dentro de esa unidad hay diversidad. Así como los diferentes órganos del cuerpo humano están interrelacionados por la ramificación del sistema nervioso, así dentro del cuerpo del Logos planetario están los distintos reinos de la naturaleza y la multiplicidad de formas. Tras el universo objetivo existe el cuerpo sensible más sutil ‑un solo organismo, no muchos, una sola forma sen­sitiva, que se conecta y responde.

    6.      Esta forma sensitiva no sólo responde al medio ambiente, sino que trasmite (desde fuentes internas) ciertos tipos de energía, y podría afirmarse que el objeto de este tratado es considerar los diversos tipos de energía trasmitida a la forma en el reino humano, la respuesta de la forma a los tipos de fuerza, los efectos de esa fuerza en el hombre y su gradual respuesta a la fuerza que emana de:

 

a.     Su medio ambiente, más la de su propio cuerpo físico externo.

b.    El plano emocional o fuerza astral.

c.     El plano mental o corrientes de pensamiento.

d.    La fuerza egoica, sólo registrada por el hombre, de la cual el cuarto reino de la naturaleza es el custodio y tiene efectos misteriosos y peculiares.

e.     El tipo de energía que produce la concreción de ideas en el plano físico.

f.     La energía estrictamente espiritual o fuerza proveniente del plano monádico.

 

En el reino humano estos diferentes tipos de fuerzas pueden ser registrados. Algunos de ellos pueden ser registrados en los reinos subhumanos, y el mecanismo del cuerpo vital del hombre está construido de tal modo que mediante sus tres manifestaciones objetivas, el triple sistema nervioso, a través de los siete plexos mayores, los ganglios nerviosos menores y los miles de nervios el entero hombre objetivo puede responder a:

 

a.     Los tipos de fuerza ya mencionados.

b.    Las energías generadas en cualquier parte de la trama etérica planetaria de la vida y emanando de ella.

c.     La trama solar de la vida.

d.    Las constelaciones del zodíaco que parecen tener un efec­to real sobre nuestro planeta, acerca de las cuales la astrología constituye un estudio aún inmaduro.

e.     Ciertas fuerzas cósmicas que, como se comprenderá más adelante, actúan sobre nuestro sistema solar y producen cambios en él y, por consiguiente, en nuestro planeta y en todas las formas de esa vida planetaria y dentro de ella. Esto ha sido mencionado en Tratado sobre Fuego Cósmico.

 

A todas ellas responde la trama planetaria de la vida y, cuan­do los astrólogos trabajen en forma esotérica y tengan en cuenta el horóscopo planetario, llegarán más rápidamente a una com­prensión de las influencias zodiacales y cósmicas.

 

El ánima mundi es lo que está detrás de la trama de la vida. Esta última es sólo el símbolo físico de esa alma universal, el signo externo y visible de la realidad interna, la concreción de esa entidad sensible que responde y vincula espíritu y materia. A esta entidad se la denomina Alma Universal, principio medio  desde el punto de vista de la vida planetaria. Cuando se limita el concepto a la familia humana y el hombre es considerado in­dividualmente, se lo llama principio mediador, porque el alma del género humano no sólo es una entidad que vincula espíritu y materia, mediadora entre la mónada y la personalidad, sino que tiene que desempeñar una función singular como mediadora en­tre los tres reinos superiores de la naturaleza y los tres inferio­res. Los superiores son:

 

         1.      La Jerarquía espiritual de nuestro planeta, espíritus de la naturaleza o ángeles y espíritus humanos, que se ha­llan en un punto especial en la escala de evolución. De éstos, Sanat Kumara, que encarna un principio del Logos planetario, es el superior, y un iniciado de primer grado es el inferior, con sus correspondientes entidades, dentro de lo denominado el reino angélico o dévico.

         2.      La Jerarquía de Rayos ‑ciertas agrupaciones de los sie­te rayos en relación con nuestro planeta.

         3.      La Jerarquía de Vidas, extraídas de nuestra evolución planetaria y de otros cuatro planetas, por un proceso evo­lutivo, encarnan en sí mismas el propósito y el Plan del Logos solar, en relación con los cinco planetas involu­crados.

 

Al limitar el concepto al microcosmos, el ego o alma actúa en realidad como el principio medio que une a la Jerarquía de Mónadas con las formas externas diversificadas, que ellas usan sucesivamente en el proceso de:

 

a.      Alcanzar ciertas experiencias, por las cuales se adquie­ren atributos.

b.      Llevar a cabo ciertos efectos, iniciados en un sistema an­terior.

c.      Cooperar en el plan del Logos solar, en relación con Su (si es permitido emplear un pronombre al hablar de una vida que constituye una existencia, no obstante ser un con­cepto divulgado) karma ‑algo que a menudo se pa­sa por alto. Este Su karma, debe ser consumado por el mé­todo de la encarnación y el consiguiente resultado que produce la energía encarnada sobre la sustancia de la forma. Está simbolizado para nosotros, si pudiéramos comprenderlo, en la relación del sol y la luna. "El Señor solar, con su calor y su luz, energetiza a los moribundos Señores lunares para una vida espúrea. Ésta es la gran desilusión, y el Maya de Su Presencia". Así reza El An­tiguo Comentario citado a menudo en mis obras  anteriores. El concepto antedicho encierra en sí una verdad para el alma individual.

 

Este principio medio se halla en proceso de revelarse ahora. El aspecto inferior está activo. El superior permanece desconoci­do, pero aquello que los vincula (y al mismo tiempo revela la naturaleza del superior) está en vísperas de ser descubierto. La estructura o mecanismo, ya está preparada y desarrollada, has­ta donde es de utilidad; la vida vital que puede guiar y movili­zar la máquina también está presente, y el hombre puede ahora usar y controlar inteligentemente no sólo la máquina, sino tam­bién el principio activo.

 

El gran símbolo del alma en el hombre es su cuerpo etérico o vital, por las siguientes razones:

 

         1.     Constituye la analogía física del cuerpo interno de luz, llamado el cuerpo del alma, el cuerpo espiritual. Se lo denomina el "cuenco dorado", en la Biblia, y se carac­teriza por:

 

a.       Su cualidad de luz.

b.       Su grado de vibración, que se sincroniza siempre con el desarrollo del alma.

c.       Su fuerza coherente, vinculando y conectando cada parte de la estructura corpórea.

 

         2.     Es la microcósmica "trama de vida", pues subyace en cada parte de la estructura física, y tiene tres propósitos:

 

a.       Llevar por todo el cuerpo el principio vital, la ener­gía que produce actividad, efectuándolo por medio de la sangre, siendo el punto focal de esta distribución el corazón. Es el portador de la vitalidad física.

b.       Permitir al alma humana u hombre espiritual, po­nerse en armonía con su medio ambiente. Esto se lleva a cabo por intermedio del entero sistema ner­vioso, y el punto focal de esta actividad es el cerebro, asiento de la receptividad consciente.

c.       Producir oportunamente, por medio de la vida y la conciencia, una radiante actividad o manifestación de gloria, que hará de cada ser humano un centro activo para distribuir luz y energía atractiva a otros, en el reino humano, y a través de éste, a los reinos sub­humanos. Esto constituye parte del plan del Logos planetario, cuya finalidad es vitalizar y renovar la vibración de esas formas que designamos huma­nas.

 

    3.         Este símbolo microcósmico del alma no sólo es la base de toda la estructura física, símbolo del ánima mundi o alma del mundo, sino que es indivisible, coherente y una entidad unificada, y simboliza así la unidad y homoge­neidad de Dios. No existen organismos separados en él, sino simplemente un cuerpo de fuerza que fluye libre­mente, siendo ella una mezcla o unificación de dos tipos de energía en variadas cantidades, energía dinámica y energía atractiva o magnética. Ambos tipos caracterizan análogamente al alma universal, la fuerza de la voluntad y del amor o de atma y budi, y la actuación de ambas fuerzas sobre la materia atrae al cuerpo etérico de to­das las formas, los átomos físicos necesarios, y -habiéndolos atraído‑ por la fuerza de voluntad, los impele a iniciar ciertas actividades.

    4.         Este coherente y unificado cuerpo de luz y energía es el símbolo del alma porque contiene dentro de sí siete puntos focales, en los cuales la condensación, si puede denominársela así, de las dos energías mezcladas, se in­tensifica. Estos corresponden a los siete puntos focales en el sistema solar, donde el Logos solar enfoca Sus ener­gías a través de los siete Logos planetarios. Esto se am­pliará más adelante. El punto que debe observarse aquí es sencillamente la naturaleza simbólica del cuerpo etérico o vital, pues mediante la comprensión de la naturaleza de las energías desplegadas y la naturaleza unificada de la forma y de la tarea, podrá captarse una idea del trabajo del alma, principio medio de la naturaleza.

    5.         Si recordamos que el cuerpo etérico vincula al cuerpo estrictamente físico o denso, con el cuerpo puramente sutil, el astral o emocional, entonces el símbolo también se aplica aquí. En esto vemos el reflejo del alma en el hombre, que vincula a los tres mundos (correspondientes a los aspectos sólido, líquido y gaseoso, del cuerpo estric­tamente físico del hombre) con los planos superiores del sistema solar, vinculando así el plano mental con el bú­dico y la mente con los estados de conciencia intuitivos.

 

 

*La Doctrina Secreta, T. l., págs. 97‑98.





REGLA UNO

El Ángel Solar se recoge en sí mismo, no disipa su fuerza, sino que en profunda meditación se comunica con su reflejo.


 ALGUNAS SUPOSICIONES FUNDAMENTALES

 

Emprenderemos un curso de estudio donde predominará la tendencia a obligar al estudiante a depender de sí mismo y, por consiguiente, de ese yo superior que en la mayoría de los casos ha hecho sentir su presencia sólo en raros e intensos intervalos emocionales. Cuando el yo es conocido y no simplemente sentido, y cuando la comprensión es tanto mental como sensoria, enton­ces el aspirante puede ser verdaderamente preparado para la ini­ciación.

Quisiera señalar que mis palabras están basadas en ciertas suposiciones fundamentales, que para mayor claridad desearía mencionar brevemente.

 

Primero, que cuando el estudiante es sincero en su aspira­ción está dispuesto a avanzar, no importa cual sea la reacción del yo inferior, o sobre éste. Sólo podrán trabajar inteligentemente quienes distingan con claridad los dos aspectos de su naturaleza, el yo real y el yo ilusorio. Esto ha sido bien expresado en Los Aforismos de Yoga de Patanjali:

 "La experiencia (de los pares de opuestos) se adquiere por la incapacidad del alma para distinguir entre el yo personal y el purusha (espíritu). Las formas objetivas existen para uso y expe­riencia del hombre espiritual. Meditando sobre esto, surge la percepción intuitiva de la naturaleza espiritual." Libro III, Af. 35.

En el aforismo cuarenta y ocho del mismo Libro hay una afir­mación que abarca una etapa posterior a la de esta comprensión discriminadora, cualidad discernidora fomentada por una actitud mental de recogimiento y por una cuidadosa y constante atención sobre el método de la recapitulación de la vida.

Segundo, actúo suponiendo que todos han vivido y luchado suficientemente contra las fuerzas adversas de la vida, como para permitirles desarrollar un sentido bastante real de los valores. Presumo que tratan de vivir como aquellos que conocen algo de los verdaderos valores eternos del alma. Que ningún aconteci­miento de la personalidad los detendrá, ni la presión del tiempo y de las circunstancias, la edad o la incapacidad física. Han apren­dido inteligentemente que la precipitación entusiasta hacia ade­lante y el progreso violento y enérgico, tienen sus desventajas, y que con un firme, regular y persistente esfuerzo, a la larga pro­gresarán más. Los esfuerzos esporádicos y el apremio momentá­neo se convierten en desgano y en un agobiador sentido de fra­caso. Es la tortuga y no la liebre, que llega primero a la meta, aunque ambas logran su objetivo.

Tercero, considero que los que con toda seriedad esperan be­neficiarse por las instrucciones de este libro, estarán preparados para cumplir con estos simples requisitos: leerlo reflexivamente, tratar de organizar la mente y dedicarse al estudio de la medita­ción. La organización de la mente es una tarea continua, y la apli­cación de la mente, a todo asunto entre manos durante nuestras ocupaciones diarias, es la mejor forma de hacer fructíferos los períodos de estudio y meditación y de adquirir la aptitud para la vocación de discípulo.

Habiendo quedado bien aclaradas estas suposiciones, mis pa­labras van dirigidas a quienes tratan de estar a la altura de la necesidad actual de servidores entrenados. Observen que no digo quienes están a la altura para ello. La intención y el esfuer­zo son considerados por nosotros de primordial importancia, y ambos constituyen los principales requisitos para todo discípulo, iniciado y maestro, más el poder de persistir.

Al considerar estas reglas, no me interesa tanto su aplica­ción al trabajo mágico mismo, como el entrenamiento del mago, y su desarrollo desde  el punto de vista de su propio carácter. Más adelante podremos aplicar el conocimiento a la manifesta­ción externa de las fuerzas mundiales, pero ahora nuestro obje­tivo es algo distinto; trato de que las mentes y cerebros ‑por lo tanto el yo inferior ‑ de los estudiantes, se interesen en el yo su­perior, para agudizar en esta forma su interés mental, a fin de generar el suficiente ímpetu que los llevará adelante.

 

Además no debe olvidarse que una vez que la personalidad ha captado la magia del alma, esa alma dominará constantemente y se podrá confiar en que lleve el entrenamiento del hombre a su fruc­tificación, sin estar impedido (como lo están ustedes) por los con­ceptos de tiempo y espacio y por desconocer el curso recorrido anteriormente por el alma implicada. Debe tenerse presente que, al tratarse de individuos, el trabajo requerido es doble:

 1. Enseñarles a vincular el yo inferior personal con el alma influyente, de modo que haya en el cerebro físico una conciencia segura respecto a la realidad de ese hecho divino. Este conocimiento evita que la hasta ahora su­puesta realidad de los tres mundos atraiga y retenga, y es el primer paso para salir del cuarto reino y entrar en el quinto,

 2.     Darles una instrucción tan práctica que permitirá al estudiante:

             a. Comprender su propia naturaleza. Esto implica obte­ner algún conocimiento de las enseñanzas del pasado res­pecto a la constitución del hombre, y la apreciación de las interpretaciones de los investigadores modernos tanto orientales como occidentales.

             b. Controlar las fuerzas de su propia naturaleza y apren­der algo referente a las     

     fuerzas que lo rodean.

             c. Capacitarse para desarrollar de tal manera sus poderes latentes que pueda resolver sus propios problemas espe­cíficos, sostenerse por sí mismo, manejar su propia vida, solucionar sus dificultades y llegar a ser tan fuerte y equilibrado en espíritu, que se le reconozca su aptitud como trabajador en el plan de la evolución, como mago blanco e integrante de ese grupo de discípulos consagra­dos, denominado la "jerarquía de nuestro planeta".

 

 
A quienes estudian estas cuestiones se les pide que amplíen su concepto de esa jerarquía de almas, incluyéndose en ella to­das las esferas exotéricas de la vida humana ‑política, social, económica y religiosa; también que no restrinjan el concepto, co­mo lo hacen muchos, únicamente a quienes han traído a la exis­tencia su propia y pequeña organización particular, o a los que trabajan exclusivamente en el aspecto subjetivo de la vida, y en aquello que los conservadores reconocen como religioso o es­piritual. 

Todo lo que tiende a elevar el nivel de la humanidad, en cualquier plano de manifestación, es obra religiosa y tiene una meta espiritual, pues materia es sólo espíritu en el plano más ba­jo, y espíritu, según se dice, es materia en el plano más alto. Todo es espíritu, y las diferenciaciones sólo son producto de la mente finita. 

Por lo tanto, todos los colaboradores y conocedores de Dios, encarnados o desencarnados, que trabajan en cualquier campo de la manifestación divina, forman parte de la Jerarquía planetaria y constituyen unidades integrantes de esa gran nube de testigos, los "espectadores y observadores”. Ellos poseen el poder de la vi­sión o percepción espiritual, además de la visión física u objetiva.




 

Al estudiar esta regla podríamos resumirla en forma sencilla, aunque profunda, con las siguientes palabras:

1. Comunicación Egoica.

2.  Meditación Cíclica.

3.  Coordinación o Unificación.

 

En Tratado sobre Fuego Cósmico estas reglas comienzan con un breve resumen del proceso y una exposición referente a la na­turaleza del mago blanco.

 

 En esta primera consideración sobre el tema quisiera enume­rar brevemente los datos proporcionados en el comentario, con el fin de demostrar al aspirante cuánto se le proporciona para su consideración y para su ayuda, si sabe leer y reflexionar sobre lo que lee. La breve exégesis de esta regla expresa lo siguiente:

 

1. Mago blanco es aquel que está en contacto con su alma. .

2. Es receptivo y consciente del propósito y del plan de su alma.

3.  Es capaz de recibir impresiones del reino del espíritu y regis­trarlas en su cerebro 

     físico.

4.  Se afirma también que la magia blanca:

     a. Actúa de arriba abajo.

b.  Es el resultado de la vibración solar y por lo tanto de la energía egoica.

c.  No es un efecto de la vibración del aspecto forma de la vida, porque está divorciada de la emoción y del impulso mental.

5. La energía que desciende del alma es el resultado de:

    a. El constante recogimiento interno.

b. La concentrada y centralizada comunicación del alma con

    la mente y el cerebro.

c. La continua meditación sobre el plan de evolución.

6.  Por lo tanto, el alma está en profunda meditación durante todo el ciclo de encarnación física, y es lo único que le concierne al estudiante.

7. Esta meditación es de naturaleza rítmica y cíclica, como lo es todo en el cosmos. El  

    alma respira y por esto vive su forma.

8.  Cuando la comunicación entre el alma y su instrumento es cons­ciente y sostenida, el 

     hombre se convierte en mago blanco.

9.  Por lo tanto, quienes trabajan con magia blanca son invariable­mente, y debido a la naturaleza misma de las cosas, seres huma­nos avanzados, pues se requieren muchos ciclos de vida para entrenar a un mago.

10. El alma domina su forma mediante el sutratma o hilo de vida, y (a través de éste) vitaliza su triple instrumento (mental, emo­cional y físico) y así establece comunicación con el cerebro. A través del cerebro, conscientemente controlado, el hombre es energetizado para realizar una actividad inteligente en el plano físico.

 

Lo antedicho es un breve análisis de la primera regla para la magia, y quisiera sugerir que en el futuro, a medida que los estu­diantes meditan sobre estas reglas, hagan un análisis similar. Si proceden de este modo en la consideración de cada regla, encara­rán toda la cuestión con mayor interés y conocimiento. Además se evitarán la necesidad de releer y valerse de las referencias.

 

En la consideración del análisis hecho se observará que se ha dado un resumen muy claro y que el estudiante inicia su estudio de magia con una breve comprensión de la situación pasada, de su equipo y del método de acercamiento. Desde el principio se debe­rá comprender la simplicidad de la idea que he querido impartir a través de mis observaciones. Así como en el pasado el instru­mento y su relación con el mundo externo constituyó el principal hecho en la experiencia del hombre espiritual, así ahora es posi­ble efectuar un reajuste donde el hombre espiritual, el ángel solar o alma, constituirá el hecho sobresaliente. También se comprende­rá que su relación será (por medio del aspecto forma) con los mun­dos interno y externo. El hombre ha incluido en su relación sólo el aspecto forma del campo de la evolución humana común.

 

Ha utilizado la forma y ha sido dominado por ésta. Ha sufrido por ello, y con el tiempo se ha rebelado, pues se ha saciado de todo lo que pertenece al mundo material. Insatisfacción, hastío, des­agrado y profunda fatiga, son características muy frecuentes de quienes están al borde del discipulado. Y ¿qué es un discípulo? Es quien trata de aprender un nuevo ritmo, entrar en un nuevo campo de experiencia y seguir los pasos de esa humanidad avan­zada que antes que él ha hollado el sendero que conduce de la os­curidad a la luz y de lo irreal a lo real. Ha saboreado las alegrías de la vida en el  mundo de la ilusión y ha aprendido que son impotentes para satisfacerlo y retenerlo. Ahora se encuentra en una etapa de transición entre los nuevos y los viejos estados del ser. Vibra entre la condición de la percepción del alma y la per­cepción de la forma. Por lo tanto, ve "doble".

 

Su percepción espiritual aumenta lenta y firmemente a me­dida que el cerebro se va capacitando para recibir iluminación del alma, por intermedio de la mente. Al desarrollarse la intuición, el radio de percepción aumenta y se abren nuevos campos de co­nocimiento.

 

El primer campo de conocimiento que recibe iluminación puede describirse como aquel que abarca la totalidad de las for­mas que se encuentran en los tres mundos del esfuerzo humano -etérico, astral y mental. El discípulo en cierne se hace cons­ciente de su naturaleza inferior a través de este proceso, y co­mienza a darse cuenta de la amplitud de su aprisionamiento y (como lo expresa Patanjali) de "las modificaciones de la versátil naturaleza síquica". Le son revelados los impedimentos para la realización y los obstáculos para el progreso, y su problema se convierte en específico. Con frecuencia llega a la posición en que se encontró Arjuna, enfrentado con enemigos en su propio hogar, confundido respecto a su deber, desanimado al tratar de equilibrarse entre los pares de opuestos. Entonces la plegaria para él debería ser la famosa oración de la India, pronunciada por el corazón, captada por la cabeza y complementada por una fer­viente vida de servicio a la humanidad:

 

"Descúbrenos la faz del verdadero sol espiritual,

Oculto por un disco de luz dorada,

Para poder conocer la verdad y cumplir con nuestro deber,

Cuando nos encaminamos hacia Tus sagrados pies."

 

A medida que lucha y persevera, supera sus problemas y controla sus deseos y pensamientos, se revela el segundo campo de conocimiento ‑conocimiento del yo en el cuerpo espiritual, y del ego al expresarse mediante el cuerpo causal , el Karana Sari­ra, y la percepción de esa fuente de energía espiritual, impulso motivador que reside detrás de la manifestación inferior. El "dis­co de luz dorada" es traspasado; el verdadero sol es percibido; el sendero es descubierto y el aspirante lucha por avanzar hacia la luz cada vez más clara.

 

Cuando se estabiliza el conocimiento del yo y la conciencia de lo que ese yo percibe, oye, conoce y hace contacto, el discípulo encuentra al Maestro; se pone en contacto con su grupo de dis­cípulos y comprende el plan del trabajo inmediato que le co­rresponde desarrollar gradualmente en el plano físico. Así dis­minuye la actividad de la naturaleza inferior y el hombre entra poco a poco en contacto consciente con su Maestro y su grupo. Pero esto ocurre después de "encender la lámpara" ‑‑‑alineamien­to de lo inferior con lo superior y descenso de iluminación al cerebro.

 

Es esencial que estos puntos sean comprendidos y estudiados por todos los aspirantes para poder dar los pasos necesarios y des­arrollar la deseada percepción. Hasta no realizarlo, por más vo­luntad que tenga el Maestro, es impotente para admitir a alguien en Su grupo, incluirlo en Su influencia áurica y convertirlo en una avanzada de Su conciencia. Cada peldaño del camino debe ser preparado por el hombre mismo, y ningún camino corto o fácil, conduce de la oscuridad a la luz.

 

EL CAMINO DEL DISCÍPULO

 

Se denomina mago blanco a aquel que, mediante el alinea­miento consciente con su ego, su "ángel', es receptivo a sus planes y propósitos y, por lo tanto, capaz de recibir impresión superior. Debe recordarse que si bien la magia actúa de arriba abajo, y es resultado de la vibración solar, no de los impulsos que emanan de alguno de los pitris lunares, el descenso de la energía im­presora del pitri solar es el resultado de su recogimiento interno, de la inhalación de sus fuerzas, antes de ser enviadas en forma concentrada a su sombra, el hombre, y de su constante meditación sobre el propósito y el plan. Será útil que el estudiante recuerde aquí que el ego (así como el Logos) está en profunda meditación durante todo el ciclo de encarnación física. Esta meditación es de naturaleza cíclica, pues el pitri involucrado proyecta hacia su "re­flejo" corrientes rítmicas de energía, que son reconocidas por el hombre implicado como sus impulsos superiores, sueños y as­piraciones. Por lo tanto, es evidente la razón por la cual quienes trabajan en magia blanca son siempre hombres avanzados y es­pirituales, pues el "reflejo" pocas veces responde al ego o ángel solar, hasta haber transcurrido muchos ciclos de encarnación. El pitri solar se comunica con su "sombra" o reflejo, por medio del sutratma, que desciende a través de los cuerpos, hasta un punto de entrada en el cerebro físico, si así puedo expresarlo, pero el hombre no puede aún concentrarse ni ver con claridad hacia nin­guna dirección.

 

Si mira hacia atrás ve únicamente las nieblas y las miasmas de los planos de la ilusión, y le resulta de poco interés. Si mira ha­cia adelante ve una luz distante que lo atrae, pero aún no puede percibir lo que revela esa luz. Si mira en torno suyo sólo ve for­mas cambiantes y la sucesión de acontecimientos de la vida de la forma. Si mira internamente percibe las formas proyectadas por la luz, y se da cuenta que hay muchos obstáculos que deben ser eliminados, antes de poder alcanzar la luz que ve a lo lejos, y luego que ésta penetre en él. Entonces podrá conocerse como la luz misma, caminar en esa luz y trasmitirla a otros.

 

Quizás sea aconsejable recordar que la etapa del discipulado es, en muchos sentidos, la parte más difícil de toda la escala de evolución. El ángel solar está en incesante y profunda meditación. Los impulsos de energía que emanan de él aumentan su grado de vibración y son cada vez más poderosos. La energía afecta progre­sivamente las formas a través de las cuales el alma procura ex­presarse y controlar.

 

Esto me lleva a considerar el séptimo punto que traté en mí anterior análisis de la Regla Uno. Dije que “la meditación del al­ma es de naturaleza rítmica y cíclica, como lo es todo en el cos­mos. El alma respira y su forma vive por ello". La naturaleza rít­mica de la meditación del alma no debe ser pasada por alto en la vida del aspirante. Hay un flujo y reflujo en toda la naturaleza, y en la marea del océano vemos la maravillosa representación de una ley eterna. A medida que el aspirante se ajusta a las mareas de la vida del alma, empieza a darse cuenta que existe un cons­tante flujo, vitalización y estímulo, seguido por el reflujo inevita­ble y seguro de las inmutables leyes de la fuerza. Este flujo y re­flujo puede verse actuar en los procesos de la muerte y de la reencarnación. También se puede ver en el proceso de las vidas del hombre, porque alguna vidas son aparentemente pasivas e in­trascendentes, lentas e inertes, desde el ángulo de la experiencia del alma, mientras que otras son vibrantes, plenas de experiencia y desarrollo. Esto deben recordarlo todos los trabajadores cuando procuran ayudar a otros a vivir correctamente. ¿Se hallan éstos en el reflujo, o están sometidos a la afluencia de la energía del alma? ¿Pasan por un período de pasividad temporaria, preparatorio de un mayor impulso y esfuerzo, donde el trabajo que debe realizar consiste en el fortalecimiento y la estabilización, con el objeto de capacitarse para poder "permanecer en el ser espiritual”, o están sometidos a un influjo cíclico de fuerzas? En este caso el trabaja­dor debe ayudar a dirigir y utilizar la energía, pues si está mal dirigida terminará arruinando vidas, pero si es utilizada sabiamen­te, dará como resultado un servicio pleno y fructífero.

 

Quien estudia a la humanidad puede también aplicar dichos pensamientos a los grandes ciclos raciales, y así descubrirá mu­chas cosas que son de gran interés. Estos impulsos cíclicos son también más frecuentes, rápidos y fuertes, en la vida del dis­cípulo que en la vida del hombre común, algo muy importante para nosotros, los cuales alternan con penosa rapidez. La conocida experiencia del místico en la montaña y en el valle, es sólo una forma de expresar este flujo y reflujo. A veces el discípulo ca­mina en la luz del sol y otras en la oscuridad; unas veces conoce la alegría de la plena comunión y otras todo es oscuro y estéril; otras veces su servicio es una experiencia satisfactoria y fructífe­ra, y cree que realmente puede ayudar, pero en otros casos siente que no tiene nada que dar y que su servicio es infecundo y sin resultado. Hay días en que todo lo ve claro y tiene la sensación de estar en la cima de la montaña, contemplando un paisaje bañado por el sol, donde todo se presenta nítido ante su vista. Sabe y siente que es un hijo de Dios; sin embargo, después descienden las nubes, pierde toda su seguridad y le parece no saber nada. Camina a la luz del sol, está abrumado por la luminosidad y el calor de los rayos solares y piensa cuánto tiempo durará esta ex­periencia desigual y este violento alternar de opuestos.

 

No obstante, una vez captado el hecho observa el efecto de los impulsos cíclicos y de la meditación del alma sobre su natu­raleza‑forma, se le aclara el significado, comprende que el aspec­to‑forma falla en responder, y su reacción a la energía es despa­reja. Entonces aprende que cuando pueda vivir en la conciencia del alma y alcanzar a voluntad esa "altitud elevada" (si puede ex­presarse así), las fluctuaciones de la vida‑forma ya no lo afec­tarán. De este modo percibe el estrecho sendero del filo de la navaja que lo lleva desde el plano de la vida física al reino del  alma, y descubre que cuando pueda hollar el sendero con fir­meza, será conducido fuera del mutable mundo de los sentidos, hacia la clara luz del día y al mundo de la realidad.

 

El aspecto‑forma de la vida se convierte entonces para él en el campo de servicio y no en el de la percepción sensoria. El es­tudiante debe reflexionar sobre esta última frase y tratar de vi­vir como alma. Él mismo es responsable de los impulsos cíclicos emanados del alma, y entonces se conoce a sí mismo como la causa iniciadora y no está sujeto a los efectos.

 

       Visto desde otro ángulo tenemos dos factores, el aliento y la forma a la que el aliento energetiza e impele a la actividad. Un estudio detenido evidenciará que durante innumerables eones nos identificamos con la forma y hemos acentuado los efectos de la actividad impartida, pero no comprendimos la naturaleza del aliento ni conocido la naturaleza del Uno que respira. Ahora nos ocuparemos en este estudio de ese Uno, Quien, al respirar rít­micamente, impelerá a la forma a una correcta acción y control. Tal es nuestro objetivo y meta. Sin embargo, es necesaria la correcta comprensión si queremos apreciar inteligentemente nues­tra tarea y sus efectos.

 

Mucho más puede decirse respecto a esta regla, y ya se ha dado bastante material para ser considerado por el aspirante co­mún al discipulado, y sobre lo cual basar su acción. La mayoría de nosotros somos aspirantes comunes, ¿no es verdad? Si nos consideramos bajo otro aspecto nos separamos de los demás y somos culpables del pecado de la separatividad ‑el único ver­dadero.

 

Una apreciación de los pensamientos mencionados debería dar al aspirante cierta comprensión del valor de su trabajo de meditación, en tanto que la idea de la respuesta cíclica al impul­so del alma, se halla detrás de las actividades de la meditación matutina, del recogimiento del mediodía y de la recapitulación vespertina. En los dos aspectos de la Luna nueva y la Luna llena, tenemos un mayor flujo y reflujo. Tengan esto presente.

 

¡Que haya un constante y pleno fluir de fuerzas cíclicas, des­de el reino del espíritu, sobre cada uno de nosotros, llamándonos al reino de la luz, del amor y del servicio y evocando en cada uno una respuesta cíclica! ¡Qué haya un constante intercambio entre quienes enseñan y el discípulo que busca instrucción!

 

Será necesario realizar un gran trabajo preliminar. El discí­pulo en el plano físico y el instructor interno (sea uno de los Grandes Seres o el "Maestro en el Corazón") necesitan conocer­se y acostumbrarse a sus propias vibraciones. Hay muchas cosas contra las cuales deben luchar los instructores en los planos internos, debido a la lentitud de los procesos mentales de los estu­diantes en cuerpo físico. Pero la confianza y la fe establecerán la correcta vibración, lo cual finalmente producirá un trabajo exacto. La falta de fe, de tranquilidad, de dedicación y la inquie­tud emocional, obstaculizarán. Quienes actúan en el aspecto in­terno necesitan mucha paciencia para trabajar con las personas, pues carecen de mejor material. Una imprudencia física puede impedir al cuerpo físico ser receptivo; una preocupación o an­siedad puede hacer vibrar al cuerpo astral a un ritmo que im­posibilite la buena recepción del propósito interno; el prejuicio, la critica y el orgullo, pueden inutilizar al cuerpo mental. Quie­nes aspiran a este difícil trabajo deben observarse a sí mismos con mucho cuidado y mantener la paz y la serenidad internas y la elasticidad mental, que les permita ser de alguna utilidad para proteger y guiar a la humanidad.

 

Por lo tanto, se pueden dar las siguientes reglas:

1.     Es esencial hacer un esfuerzo para llegar a una absoluta pureza de móvil.

 

2.     Poseer la capacidad de penetrar e silencio de los altos lugares. La quietud de la mente depende de la ley del ritmo. Si vibramos en muchas direcciones y registramos los pensamientos que vienen de todas partes, esta ley no los afectará. Se debe res­tablecer la estabilidad y el aplomo antes de lograr el equilibrio. La ley de vibración y el estudio de la sustancia atómica están estrechamente entrelazados. Cuando se tenga un mayor conoci­miento sobre estos átomos y su acción, reacción e interacción, las personas podrán controlar sus cuerpos científicamente, sincroni­zando las leyes de la vibración y del ritmo. Son las mismas, aun­que no iguales, y constituyen fases de la ley de gravedad. La tie­rra es una entidad que, por la fuerza de la voluntad, retiene to­das las cosas en sí misma. Esta cuestión es muy confusa y poco se conoce sobre ella. La inhalación y la exhalación de la enti­dad de la tierra afectan poderosamente a la vibración ‑la vi­bración de la materia en el plano físico. Existe una conexión en­tre esto y la Luna. Esos miembros de la humanidad que se ha­llan especialmente bajo la influencia lunar, responden más que otros a esta atracción, y resulta difícil utilizarlos como transmisores. Debe cultivarse el silencio que proviene de la calma inter­na. Se recomienda a los aspirantes recordar que llegará el mo­mento en que también ellos formarán parte del grupo de instruc­tores en el aspecto interno del más allá. Si para entonces aún no han comprendido el silencio que proviene de la fortaleza y del conocimiento, ¿cómo podrán soportar la carencia de comunica­ción y descubrir lo que existe entre ellos y quienes están "en el aspecto externo"? Por lo tanto aprendan a guardar silencio, de lo contrario la utilidad a prestar será menoscabada por la inquie­tud astral cuando pasen al más allá.

 

3. Recuerden siempre que el desasosiego de la vida diaria impide a los instructores de los niveles egoicos llegar a ustedes. Procuren permanecer serenos durante el transcurso de la vida, y mantener la calma interna en el trabajo y en el esfuerzo, en los afanes y en las aspiraciones. Retráiganse constantemente en el trabajo interno, cultivando la respuesta a los planos superiores. Los Maestros necesitan un perfecto y constante aplomo interno, de parte de quienes tratan de utilizar, aplomo que mantiene la visión, mientras desempeña su trabajo externo en el plano físi­co, con la concentrada atención del cerebro físico, sin ser desvia­da en manera alguna por la receptividad interna. Esto involucra una doble actividad.

 

4. Aprendan a controlar el pensamiento. Es necesario vigi­lar lo que se piensa. Éstos son días en que toda la raza está lle­gando a ser sensible y telepática y a responder al intercambio mental. Se acerca el momento en que los pensamientos serán de propiedad pública y se presentirá lo que los demás piensan. Por lo tanto, el. pensamiento debe ser cuidadosamente vigilado. Quie­nes hacen contacto con las verdades superiores y son sensibles a la Mente Universal, tienen que proteger algunos de sus conoci­mientos de la intromisión de otras mentes. Los aspirantes deben aprender a inhibir ciertos pensamientos y evitar que algunos co­nocimientos se filtren en la conciencia pública, cuando están en contacto con sus semejantes.

 

Es de interés vital valorar el significado de las palabras "no disipa su fuerza". Existen muchas líneas de actividad a las cuales puede entregarse el discípulo inspirado por el alma. Es muy difícil tener la seguridad de cuáles son las diferentes líneas de acti­vidad a seguir, pues todo aspirante conoce la incertidumbre. Pre­sentaremos el problema en forma de pregunta, ubicándolo en el plano del esfuerzo diario, pues no estamos aún en posición de com­prender en qué forma el alma puede "disipar sus fuerzas" en los planos superiores.

 

¿Qué criterio puede aplicar el hombre para saber cuál de las distintas actividades a emprender es la correcta? En otras pala­bras, ¿existe un algo revelador que permite al hombre, inequívo­camente, elegir la correcta actividad y seguir el camino correcto? La pregunta no se refiere a la elección entre el sendero del es­fuerzo espiritual y el camino del hombre mundano, sino a la co­rrecta acción cuando lo enfrenta la elección.

 

Sin duda, el hombre durante su progreso enfrenta diferencia­ciones cada vez más sutiles. La cruda discriminación entre el bien  y el mal, que preocupa al alma infantil, es seguida por las dife­renciaciones más sutiles de lo correcto o más correcto, elevado o más elevado, y los valores morales o espirituales, deben enfrentar­se con la percepción espiritual más meticulosa. En la tensión, en los afanes de la vida y en la constante presión sobre cada uno de quienes constituyen su grupo, la complejidad del proble­ma llega a ser muy grande.

 

Al resolver estos problemas, ciertas amplias discriminaciones pueden preceder a las más sutiles, y cuando se toman estas de­cisiones, entonces las más sutiles pueden reemplazarlas. La elec­ción entre la acción egoísta y la altruista es la más fácil a se­guir al elegir entre lo correcto y lo incorrecto, y fácilmente es de­terminada por el alma honesta. Una elección que involucra la discriminación entre el beneficio individual y la responsabilidad grupal, elimina rápidamente otros factores, y esto resulta fácil para el hombre que se hace cargo de su debida responsabilidad. Observen las palabras "debida responsabilidad". Estamos consi­derando al hombre normal y sensato y no al fanático, excesiva­mente escrupuloso y morboso. Luego viene la diferencia entre lo conveniente, implicando los factores de las relaciones comercia­les y financieras del plano físico, conducente a una consideración del máximo bien para todos. Después de haber llegado a cierta posición, debido a este triple proceso eliminativo, surgen casos donde aún hay que hacer una elección, donde ni el sentido co­mún ni la lógica ayudan, ni tampoco la razón discriminadora. Sólo está presente el deseo de hacer lo correcto; la intención es actuar en la forma más elevada posible y tomar la línea de ac­ción que produzca el máximo bien para el grupo, independiente­mente de toda consideración personal. Sin embargo, no se per­cibe la luz en el sendero a seguirse; tampoco se reconoce la puer­ta que se debe atravesar, permaneciendo el hombre en un estado de constante indecisión. ¿Qué debe hacerse entonces? Una de estas dos cosas:

 

Primero, el aspirante puede seguir su inclinación y elegir esa línea de acción que le parece más inteligente y mejor. Esto involucra la creencia en la actuación de la Ley del Karma y tam­bién una demostración de esa firme decisión, que es la mejor for­ma en que su personalidad puede aprender a ajustarse a las de­cisiones de su propia alma. También implica la capacidad de seguir adelante sobre la base de la decisión tomada, y así ate­nerse a los resultados, sin malos presentimientos ni vanas lamen­taciones.

 

Segundo, basado en un sentido interno de orientación, el aspi­rante puede esperar, sabiendo que a su debido tiempo compro­bará, al cerrar todas las puertas menos una, cuál es el camino a  seguir. Existe sólo una puerta abierta por la que él puede pasar. Es necesaria la intuición para reconocerla. En el primer caso se pueden cometer errores, y por medio de éstos el hombre apren­de y se enriquece; en el segundo son imposibles los errores y sólo puede emprenderse la correcta acción.

 

Por lo tanto, es evidente que todo se reduce a una compren­sión de nuestro lugar en la escala de la evolución. Sólo el hom­bre altamente evolucionado puede conocer los momentos y las temporadas, y discernir adecuadamente la diferencia sutil entre una tendencia síquica y la intuición.

 

Al considerar estas dos formas de llegar a una decisión final, el hombre, que emplea su sentido común y toma una línea de acción basada en el empleo de la mente concreta, no debe prac­ticar el método superior de esperar a que se abra una puerta. Espera demasiadas cosas en el lugar en que se encuentra. Debe aprender a resolver sus problemas por la acertada decisión y el correcto empleo de la mente. Progresará mediante dicho método, pues las raíces del conocimiento intuitivo están arraigadas hon­damente en el alma y, por consiguiente, debe establecer contac­to con el alma antes de poder actuar la intuición. Sólo se dará una sugerencia: la intuición concierne siempre a la actividad grupal y no a los pequeños asuntos personales. Si usted está cen­trado en la personalidad debe reconocerlo y regir sus acciones con las facultades de que dispone. Si sabe que actúa como alma y se sumerge en el interés de los demás y no está obstaculizado por el deseo egoísta, entonces cumple con la obligación que le corresponde, se hará cargo de su responsabilidad, lleva a cabo su trabajo grupal y se le abre el camino mientras desempeña la tarea que tiene por delante y cumple con su deber más inme­diato. Del deber cumplido esmeradamente, surgirán esos deberes mayores que llamamos trabajo mundial; de llevar la carga de la responsabilidad de la familia se fortalecerán nuestros hombros y nos permitirá soportar las del grupo mayor. ¿Cuál es entonces el criterio?

 

Para el aspirante de grado superior, repito, la elección de la forma de actuar depende del sensato uso de la mente inferior, el empleo de un sólido sentido común y el olvido del bienestar egoísta y la ambición personal. Esto conduce al cumplimiento del deber. El discípulo debe llevar a cabo, necesaria y automática­mente, todo lo antedicho y además utilizar la intuición, que le revelará el momento en que puede hacerse cargo de las res­ponsabilidades grupales más amplias, simultáneamente con las del grupo menor. Reflexionen sobre esto. La intuición no revela la forma en que puede fomentarse la ambición, ni cómo satisfacer­se el deseo del progreso egoísta.



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